marzo 15, 2012

Política del Sexo

A propósito de la veda electoral, Kate Millet y su 'Política del sexo'






Nadie discute que el sexo
es una categoría en el mundo de la pareja:
de ahí la ternura y sus ramas salvajes.
Nadie discute que el sexo
es una categoría familiar:
de ahí los hijos,
las noches en común
y los días divididos
(él, buscando el pan en la calle,
en las oficinas o en las fábricas;
ella, en la retaguardia de los oficios domésticos,
en la estrategia y la táctica de la cocina
que permitan sobrevivir en la batalla común
siquiera hasta el fin de mes).
Nadie discute que el sexo
es una categoría económica:
basta mencionar la prostitución,
las modas,
las secciones de los diarios que sólo son para ella
o sólo son para él.
Donde empiezan los líos
es a partir de que una mujer dice
que el sexo es una categoría política.
Porque cuando una mujer dice
que el sexo es un categoría política
puede comenzar a dejar de ser mujer en sí
para convertirse en mujer para sí,
constituir a la mujer en mujer
a partir de su humanidad
y no de su sexo,
saber que el desodorante mágico con sabor a limón
es fabricado por la misma empresa que fabrica el napalm
saber que las labores propias del hogar
son las labores propias de la clase social a que pertenece ese hogar,
que la diferencia de sexos
brilla mucho mejor en la profunda noche amorosa
cuando se conocen todos esos secretos
que nos mantenían enmascarados y ajenos.

marzo 09, 2012

Mariposas amarillas, dice Gabo...

"Hoy se me ha pegado la gana pensar en él y recordar las mariposas", me dijo N tomándome por sorpresa.
¿Las mariposas?, pregunté. "Sí, las chingadas mariposas que se sienten en las rodillas cuando te traen de un ala y te comen las ganas", me dijo, llevándome a ese sitio del pasado que tanto me cuesta ya recordar...
Las mariposas, que ella dice sentir en las rodillas y que muchos aseguran que se posan en la panza, yo siempre las sentí en la mitad de la espalda y me hicieron cometer estupideces mayúsculas pero memorables, de modo que cuando N las mencionó, captó mi atención de inmediato.
"Tú sabes bien cómo resultó aquello, pero es que últimamente es imposible no pensar en todas esas cosas que ni siquiera probamos y que me dejaron temblando de deseo", me dijo.
Hace unos días, la misma N me había confesado que la rutina la había atrapado y que extrañaba ese tiempo en que todo era tan sencillo como cambiar de cama y de bragas, y que le hacía falta un poco de "movimiento" a su "muy encharcada vida".
"Es que ya estoy hasta la madre de tanta pinche calma", me dijo mientras revolvía el café; "yo no puedo seguir así, nomás deseando y con las ganas bien puestas para mandarle un mensaje suplicando que sea mi amante".
La relación entre N y su calamidad había sido una montaña rusa, una serie de apasionados encuentros combinados con fieros arrebatos, un 'te amo-te odio-te deseo' que los mantenía al borde de la silla y los amarraba al otro de una manera casi envidiable. Yo, que me creía experta en relaciones tormentosas, veía con expectación cada capítulo de esta novela de encuentros y desencuentros, fascinada por la intensidad con que se ¿querían?, ¿deseaban?, ¿pertenecían?
Cuando todo se terminó, luego de un centenar de intentos por ambas partes para dejarse ir, yo recibí a una chiquilla moquienta y maldecidora que juraba que jamás nunca en la vida volvería a pensar en él y sus "pinches mariposas", que tantas molestias le habían causado.
Ambas supimos, por supuesto, que mentía.
Fue por eso que cuando llegó a contarme de las 'chingadas mariposas' y me dijo que estaba resuelta a pensar en él, pronostiqué que más tarde o más temprano llegará a decirme que había hecho caso de García Márquez y había decidido ser infiel, pero jamás desleal.
Y es que en su código ético el Gabo tiene preferencia, así que no puedo hacer nada más que recordar mis propias mariposas y sentarme a esperar el momento en que sus historias me hagan volver a ese tiempo de sonrisas inexplicables y pensamientos prohibidos.
Espero, entonces, de pie a causa de las mariposas de mi espalda, sabedora que no tardará mucho en ellegar ese momento...

noviembre 08, 2011

Timing...

Dicen que encontrar a la media toronja es como encontrar el vestido de novia perfecto: en cuanto se lo pone, una sabe que es el indicado.
R dice, en una sentencia que no da lugar a equívocos, que esas son "mamadas". Cualquiera pensaría que dice eso por ardidez, que el novio de toda la vida la dejó o que se casó con el vestido más horrendo de la historia, pero no, R es una mujer feliz -"tan feliz como una puede ser, cuando sabe que está partida", dice siempre-, con el mejor gusto del mundo para cualquier clase de vestido y tiene un par -sí, dije un par- de chicos guapos que la acompañan alternadamente a donde se le pega la gana ir.
Entonces, ¿por qué la dura opinión acerca de la media toronja? "Sencillo, es cosa de timing", es lo que siempre contesta.
"Yo sé que existe el 'amor de mi vida', lo sé porque lo tuve a mi lado, porque lo he amado como a nadie, pero eso lo sé ahora", me dijo la primera vez que hablamos del tema. "Yo jamás he tenido esa clase de certezas así, en el acto".
R afirma que a ella la claridad le llega retardada, que a veces "lo que realmente quiere" se le revela a tiempo ("a tiempo para no cagarla", dice entre risas), pero que las más de las veces es hasta luego de un tiempo, que todo se acomoda entre su corazón y su cabeza, que es la que casi siempre ha decidido todo.
Cuando tenía 24, R conoció a la calamidad en cuestión, un hombre interesante, culto y varios años mayor que ella, que la hizo sentir completa por primera -y única, añade ella- vez en su vida, hasta que las dudas empezaron a rondarle.
"Carajo, tenía 24 años, seguía pensando que el amor verdadero es el que te hace sentir maripositas en el estómago y te empapa los calzones", cuenta. "Es por eso que me aterré y forcé todo para que no decidir nada y seguir brincando de un lado al otro".
Sobra decir que su indecisión le valió la partida, nada anunciada y muy silenciosa, de la calamidad aquella, a la que más temprano que la mañana, extrañó como loca. El sentimiento ese, que R describe como "de vacío pocamadre", le ha durado hasta ahora...
"Te digo, conmigo y las pinches toronjas el problema es de timing", de que las certezas le lleguen después que al otro y se arruine así el destino predecible, estable, adorablemente rutinario y asquerosamente feliz de compartir la vida con alguien... Pero no crean que ella anda como la muñeca fea, llorando por los rincones al amor perdido, ¡no!
"El asunto es de timing, entonces yo lo he captado y le he dicho a la vida: 'tú eres una perra conmigo cuando a mí me caen los veintes, ¿no?, pues yo seré una perra mientras me caen".

abril 07, 2011

Bella y Bestia sooooooooooon....

La última vez que vi a L, me presentó a un buen mozo que la rondaba. Era bien parecido, presuntamente exitoso y un encanto de persona que en público podía convertirse en la delicia de las amigas; ella, por supuesto, estaba encantada y decidió que era el hombre de su vida.
El fulanito era todo lo que una mujer podía desear... excepto por la tetrapersonalidad que se cargaba.
Resulta, hermosos míos, que el hombrecito en cuestión en realidad resultó ser un especimen raro de los "Brutos de antología": un adorador en público y destroza-todo en privado, un exitoso y gentil muchacho que en realidad no era más que un don nadie engreído, un súper lover en la teoría y un tetísimo en la práctica... Un rey que se convertía en monstruo, igualito que la canción de Amanda Miguel, en cuanto las persianas de la vida pública se cerraban.
Pese a todo, L, que es una romántica en potencia, ha decidido una y otra vez que lo hará cambiar y ha decretado con todo el poder de la metafísica y la oración fundamental que renacerá en un hombre nuevo con tantas cualidades públicas como privadas que hará que cualquier -sí, cualquier- mujer sienta que ya lo quiere.
Por supuesto, queridos míos, esto no ha sucedido jamás. 
El tipillo, como se imaginarán, es un bruto que piensa que está perfecto y que asegura con toda la boca llena que es ella la que está equivocada por no reconocer su personalidad desde el primer momento (ajá, cuál de las cuatro, preguntaría yo), y se ha dedicado a golpear una y otra vez la autoestima de una mujer que, no es por nada, pero ya muchos quisiseran.
No obstante todos mis esfuerzos -y seguro los de muchos otros también, incluyendo, lo apuesto, los de él mismo-, L no ha querido salir corriendo en dirección opuesta, y en lugar de ello se le ha pegado más, en ese intento absurdo que tenemos las mujeres de salvar el barco que se hunde irremediablemente y volver príncipe a la bestia más grande.
Este "síndrome del Bella" afecta, no sólo a mi queridísima L, sino (se los digo con la seguridad de una mujer que ha platicado con muchas mujeres) a la mayoría de las féminas de este planeta, que sentimos que somos capaces de modificar el curso de las cosas con nuestros deseos fervientes y solucionar todo con un maravilloso beso de amor.
Blaaaaaah!
Resulta, señoras, señores, señoritas, señoritos, similares y conexos, que el asunto no es tan fácil como nos hicieron creer en el cuento ese de los utensilios vivientes. Acá no hay rosas deshojantes, ni palabritas mágicas, ni ruecas malditas, ni voluntad infinita de volver a ser el sensibilísimo personaje que se robó nuestras primeras sonrisas: NO!
¿Y por qué no lo hay?, se preguntarán ustedes. El asunto es simple, sencillísimo y elemental, mis Watsons queridos: la bestia esta ¡jamás de los jamases fue un príncipe!
Así que, queridísimos míos, ya que él no cambiará jamás, gritémosle a mi querida como en la peli: "Corre, L, corre!!"



diciembre 10, 2010

Tentación

A veces, las viejas notas se convierten en una tentación constante... No sé si tenga qué ver con los fragmentos de poemas que uno se puede enviar por sms o en el hecho de jamás haber besado una boca, pero el hecho es que a veces uno anda añorando brazos ajenos...
Así, justito, le pasó a E, que un día, sin más, amaneció con ganas de haber despertado cada mañana haciendo el amor con el sol y los besos de aquel recorriéndole las caderas. No, no es que su vida no le satisficiera, es que ella era como yo fui en algún tiempo: adicta a las emociones fuertes, a la adrenalina y a los "quizás" y los "hubiera"...
Ese día, E se sentó frente a su computadora y escribió un mail honesto, sinerísimo, en el que le contaba a aquel que, de vez en cuando, pensaba en él y se ponía a llorar; que a veces, cuando el sol se filtraba por su persiana, se recorría el cuerpo con un dedo y susurraba su nombre; le decía de su tristeza por las noches, y lo mucho que extrañaba escribir a su lado, aunque sólo una vez, cuando se despidieron, hubieran estado frente a frente... Al terminar, E se secó una lágrima y dio clic en "enviar".
"Me van a zumbar los oídos, de tanta pinche maldición que me va a aventar cuando vea mi nombre", se dijo bajito antes de salir de la habitación.
Como siempre, cada vez que lo pensaba, se secó los ojos, respiró profundo, carraspeó tres veces y se arregló el vestido... continuó con su vida. Era la primera vez que E se atrevía a ser tan honesta consigo misma en un texto que, a decir verdad, esperaba que aquel mandara directito al spam.
Horas más tarde,  reconoció ante sí cuanto deseaba que aquel contestara, aunque fuera una invitación a borrarse de su vida, y revisó el correo. "Pienso en ti siempre", leyó, y los ojos se le llenaron de lágrimas por lo que nunca fue...

agosto 16, 2010

Arbolitos navideños

Sí, ya sé que apenas estamos en agosto... y no, no se me pegó la maña de los supermercados, de adelantar la navidad, ¡no!, pero sí, quiero hablarles de los árbolitos esos.
Y es que, queridos míos, es en ellos donde las mujeres demostramos nuestro superpoder como decoradoras.
Cada "temporada navideña", es decir, cada vez que una chica se ilusiona con alguien, sale al mundo a buscar adornitos para su calamidad. Así, le va poniendo cualidades -existentes o no, exageradas o no- al arbolito en turno: lucecitas multicolor de inteligencia y hermosura, escarcha brillante de buenos modales, adornito de ternura, esferita de caballerosidad y una larga lista que hace lucir ridículo al árbol monumental de Times Square.
Recientemente, una muy buena amiga de la media toronja y mía, me relató lo maravilloso que resultaba una calamidad extranjera que le andaba robando el sueño desde hace unos meses: "es que es increíble, nunca alguien me había hecho sentir esto...", me dijo ilusionada.
La calamidad en cuestión conquistó a A desde el otro lado del continente, gracias a su delicadeza, caballerosidad e innumerables detalles, mismos que ella -quizá sin querer- convirtió en una caja enorme de adornitos navideños que, durante meses, fue acomodando hasta hacer del arbolito una verdadera obra de arte.
No obstente el entusiasmo inicial, la calamidad extranjera no resultó ser todo lo maravillosa que creímos, y pronto empezó a tirarse los adornitos: de una sacudida posesiva se tiró las esferitas, con un jalón soberbio se arrancó las lucecitas, y así siguió, hasta darle en toditita la torre a la obra de arte de mi amiga.
"Es una lástima", le dije a la media toronja cuando el arbolito se tambaleaba peligrosamente y ella se encontraba al borde del llanto. "Pues sí", me contestó él, pensando que yo me refería al fracaso del romance, "hacían buena pareja, pero él la regó".
Yo, que adorné mil arbolitos como ella, supe que el problema no había sido que la calamidad extranjera hubiera resultado ser un bruto, sino que ¡una se pasa de entusiasta!
Y es que resulta, gente bonita, que para las mujeres resulta complicado no emocionase al ver un armazón dispuesto a ser adornado a nuestro gusto. Lamentablemente, algunas veces no nos damos cuenta de que, las más de las veces, nuestro arbolito no es más que una pieza artificial, sin la capacidad de responder emocionalmente a las necesidades de una mujer.
"Es un pinche arbolito de navidad, caray", me recordó la masoquita pequeñita que vive en mi cabeza, "un-pin-che-ar-bo-li-to. No le pueden pedir que se comporte como el príncipe azul que todo el mundo imaginó, porque fueron ustedes los que le pusieron adornitos. Él estaba tranquilito siendo lo que es, y ustedes se empeñaron en hacerlo parecer otra cosa"...
Y entonces sí, gente bonita, me di cuenta de que aquí, como en el dicho del indio-compadre, la culpa no la tuvo él, sino la decoradora (y sus co-workers)...

noviembre 09, 2009

@GOMISGOMIS, un #hombredecomediadeverdad

“A fin de cuentas, todo es un chiste”.
Charles Chaplin

Hay algo de magia en encontrarse en la risa de otros, en descubrirse en los momentos ajenos y esbozar una sonrisa. Para los simples mortales, reír de nosotros mismos resulta una aventura riesgosa, sin embargo, gracias a la existencia de personas como Héctor Suárez Gomís, lo que podría ser traumático se convierte en memorable.
Para él, un hombre de comedia que nació y creció en el centro del vórtice en el que confluyen la risa y el llanto, reír de sí se ha convertido en una forma de vida que ha ayudado a abrir las puertas de una nueva forma de hacer y disfrutar la comedia.
Héctor es un tipo franco, de sonrisa sencilla, abierta, clara; de esos con los que uno puede platicar por horas, sin sentir el paso del tiempo más que en el estómago, de tanta risa…
Lo conocí una noche de insomnio, cuando en Twitter se libraba una batalla por demostrar la importancia del Internet, en un país como el nuestro, con tanta necesidad de abrirse al mundo. Como muchos, escribió por horas las razones de #InternetNecesario… y es que él es un “adictísimo a la red”.
Desde ahí, Héctor ha abierto la puerta a un nuevo estilo de comedia, gracias a su blog y a las intervenciones twitteras, que inició hace apenas ocho semanas.
“Yo escribía desde muy chavo, por ahí de los 11… Luego, por mis veintes, comencé a escribir humor; se los ensañaba a dos, tres de mis amigos y se reían mucho, pero yo pensaba que eso era porque eran mis cuates. Hace un tiempo, una amiga me dijo: ‘Wey, tienes que publicar estas pendejadas, porque son muy divertidas’, y así nació el blog”.
Héctor recuerda que fue ella quien abrió la cuenta, quien transcribió sus textos y comenzó a difundir la existencia del espacio, que en ocho meses alcanzó 250 comentarios.
“Honestamente no creí que alguien se fuera a reír de mis historias”, dice, pero para su sorpresa, sus “ensayos humorísticos” tuvieron un excelente recibimiento entre la comunidad. Al poco tiempo de estar en línea, la revista Chilango le propuso albergar el blog en su servidor, para contar las aventuras de un chilango en Colombia, donde por entonces el trabajo lo llevó a residir.
“Así nació el nombre y el concepto de ‘El pelón en los tiempos del cólera’, jugando un poco con el título del libro de Gabriel García Márquez’”, con el que su fama creció.
A su regreso a México, su estilo humorístico, cargado de sarcasmo y de una profunda crítica a las formas establecidas, se había posicionado en el gusto de la gente, que comenzó a reírse de sí misma, al verse reflejada en otros. Entonces llegó Random House Mondadori (la editorial de la que no se cansa de explicar que, aunque tiene nombre de sucursal de comida china, no lo es), a proponerle la creación de un libro.
“Una tarde recibí una llamada. Era Wendy, mi editora: ‘Nos morimos de la risa con tu blog, y queremos hacer un libro que se parezca a él’. No lo podía creer, pero me lancé, y decidí cerrar el blog para dedicarme de lleno al proyecto”, que fue lanzado en octubre pasado en la Feria del Libro de Monterrey y que al día de hoy cuenta con más de 20 mil copias vendidas, una verdadera hazaña en un país en el que el promedio de lectura es de medio libro al año.
Ahora, Héctor planea una nueva aventura literaria para 2010. “De hecho, en el segundo libro tengo la idea de ocupar algunos de mis comentarios en Twitter”, red social donde su humor de 140 caracteres tiene cientos de seguidores.
“Es un ejercicio increíble, porque me obliga a ser creativo en un espacio reducido, tratando temas muy diversos; ahí puedo decir todo lo que tengo que decir, que es mucho. Un ejemplo son las noticias, que diariamente pongo con un toque de sarcasmo”, comenta antes de lanzar una risa estruendosa que recuerda a la que cientos soltamos cuando leímos, una noche antes, su comentario sátiro-informativo: “Científicos de la Universidad Nacional descubrieron la única especie de araña vegetariana… ¡Ah, caray!, yo pensé que era del dominio público que Pati Chapoy no come carne”.
Gracias a mensajes como éste, Héctor se posiciona en la red como un humorista innovador, aunque él se niega a aceptar su relevancia en la comedia: “es demasiado pretencioso decir que abro camino para la gente que viene haciendo este trabajo”, no obstante que su estilo ácido, y su método –el ‘stand up’– son innovadores en México.
“Hacer humor de este tipo es algo que aprendí luego de crecer viendo stand up, de leer mucho a humoristas ingleses, australianos, ‘gringos’, españoles, argentinos… Aquí en México no hay referentes, quizá el único podría ser Germán Dehesa, pero apenas…”, dice este hombre que duerme con La Biblia de la Comedia, de Judy Carter, al lado de su almohada.
En el stand up, donde la comedia escrita no se diferencia de la que se realiza sobre un escenario, pues está pensada para hacer reír sin importar cómo llegue al público, la realidad personal tiene un papel fundamental.
“Esto se trata de tomar arquetipos, de mostrarse, pero al mismo tiempo mostrar a todos. Cuando lees la columna, el libro, cuando ves el monólogo, dices: ‘ay, este cuate está hablando de él, pero de pronto también habla de mí’. Por ejemplo, la gente viene a ver ‘El Pelón’ –su espectáculo–, en el que hablo de la forma en que me educaron, y reaccionan porque dicen ‘es que habla de mi papá, o de mi mamá’, aunque esté hablando de los míos”.
El espectáculo, que recientemente terminó temporada en EL VICIO, y que actualmente se presenta en el Teatro de la Comedia y el Café 22 –su “nave nodriza”–, es uno de sus mayores motivos de orgullo.
“Soy generador de mi propio trabajo, además de que la forma en la que se le recibe me hace saber que, luego de todas las críticas, estoy en lo correcto; esto me da la razón, no a mí, sino a esta idea de hacer comedia”.
Y es que llegar hasta aquí no ha sido sencillo; antes de esto, Héctor debió recuperarse de algunos golpes. En un país que no acostumbra reírse de sí mismo o de su realidad, donde ser objeto de un chiste es tomado por muchos como una agresión, aventurarse a realizar comedia ácida fue un reto.
“Cuando hice ‘El Pelón de noche’, en TV Azteca, fui muy maltratado; fue la primera vez, en 30 años de carrera, que me despedazaron. Ahí pensé que era un imbécil, que estaba mal, que estaba equivocado en mi forma de hacer comedia… Lo único que me hizo regresar fue que toda mi vida he creído en mí. Si a mí me vibra que algo está chistoso, si mi instinto me dice que va a funcionar, entonces me voy por ahí, y le doy con todo”.
Así, gracias a esta profunda seguridad, fue que regresó con nuevos bríos, presentando el espectáculo que lleva siete meses en cartelera, y que satisface las necesidades de un público que creció viendo otro tipo de comedia.
“Cuando escribí el monólogo, pensé en lo que conecta a toda una generación: la forma en la que nos educaron. Lo terminé y se lo di a leer a mucha gente., a mi papá, a Héctor Bonilla, a gente que respeto y que ha hecho comedia por muchos años; se lo di también a gente de mi generación,
a gente más joven... Los más clásicos me dijeron que de plano estaba mal, que no iba a pegar, que era muy fuerte que anduviera diciendo que mi papá me agarró a cinturonazos, o que criticara las estructuras sociales, pero yo sabía que había público para esto”.
Así, Héctor se aferró a la idea de llevar al público su propuesta, y buscó a Jaime (----), dueño del Café 22, quien le brindó una oportunidad que aún hoy agradece…
“Oye wey, ¿conoces esto?”, dice mientras extiende el celular y regala una sonrisa. “Es el mensaje que me mandó Jaime –al otro lado de la habitación– cuando leyó el monólogo”.
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“Luego de esto, me dijo ‘no puedo darte el horario estelar, porque empiezo temporada con Rebecca Jones, pero ¿qué te parece si te abro espacio los sábados a las ocho?’. Yo le dije que no había bronca, que no iba a reclamar algo, iba a buscar espacios, a que me dieran chance… y así empezamos…
“A las dos, tres semanas, abrimos una segunda fecha los miércoles, y después tuvimos que hacer algo que nunca había pasado en el Café 22, abrir dos horarios el sábado. Créeme que ni yo me lo esperaba. A veces, cuando ensayaba, me decía a mí mismo: ‘mira wey, te presentas un par de veces y luego tiras la toalla, te regresas a hacer telenovelas, le dejas de hacer al menso’…”.
Ahora, Héctor sigue buscando la forma de contrarrestar la “crisis de atreverse a lo nuevo” que afecta a México. “Por eso vamos a hacer, en febrero, un festival de stand up en el café… Además, queremos abrir un espacio para tener una noche de micrófono abierto, para que la gente que no tiene chance de hacerlo, se de a conocer, ¡que me hagan competencia!”.
Por ahora, su principal satisfacción es ser testigo de cómo la gente empieza a aprender a burlarse de sí misma.
“Lo veo en todos lados y me da muchísimo gusto, porque eso quiere decir que aferrarme sirvió de algo, que funcionó, que no estaba equivocado… Y me siento un hombre afortunado, afortunado porque tengo la habilidad de escribir y hacer reír, y yo creo que quienes te hacen reír viven siempre en tu corazón”.
Por nuestra parte, quienes hemos reído a carcajadas gracias a @GOMISGOMIS, como se le conoce entre los twitteros, sabemos que así será, pues cada una de las risas que nos arranca, le han hecho merecedor de una categoría especial… Héctor, ‘el Pelón’, es un #hombredecomediadeverdad, y por eso se nos quedará siempre grabado en la memoria.

noviembre 06, 2009

Mapas y escaleras...

Cuando se trata de sexo, mis amigas y yo solemos tener una pregunta recurrente: ¿por qué el dios Eros, el Dios verdadero, la vida, la energía creadora, el polvo de estrellas o lo que sea, no les da a los hombres un mapa?
¿Que para qué queremos que tengan un mapa, si son bastante ubicados? Muy sencillo: las mujeres no somos como una ciudad.
Desde épocas inmemoriales, los varones conocieron calles, carreteras y avenidas como si trajeran integrado un GPS... Saben moverse en la metrópolis, hallan las calles que nunca antes habían visto, aunque les den treinta vueltas, casi siempre llegan a donde quieren; no, no, no, son U-BI-CA-DÍ-SI-MOS... cuando se trata de cientos (que digo cientos, miiiiiiiles) de kilómetros.
Sin embargo, queridos míos, son bastante desubicados cuando hablamos de algunos cuantos centímetros...
¿Qué?, ¿que a qué me refiero? ¡Pues al cuerpo!
No, no al suyo, ese lo conocen de memoria... Me refiero ¡al nuestro!
Resulta, gente bonita, que la mayoría de los hombres a los que he conocido (sea por experiencia personal o por los comentarios de mis amigas) difícilmente saben dónde está qué, para que a uno se le vayan los deseos a sitios inimaginables...
De todo lo que he escuchado, visto o sentido, hay dos sitios especiales para los que las mujeres quisiéramos proponer la existencia de un mapa: el clítoris y el punto G.
Sí, señoras y señores, hay quienes no tienen idea ¡¡¡dónde está el clítoris!!! Pero bueeeeeno... eso es más sencillito, por lo que los remitiré a un simple esquema, para que, quienes no lo conozcan, se sientan en confianza...
Pero ahora vamos a lo más complicado...
¡¿Dónde rayos está el punto G?!
Resulta, queridos míos, que a veces ni siquiera nosotras sabemos... en serio... entonces eso complica toda la búsqueda para ustedes. No obstante, hace un tiempo conocí a alguien que sabía exactamente dónde estaba eso que yo jamás había podido encontrar.
El descubrimiento sucedió una noche de luna llena, cuando no podía esperar nada más de la vida, pues había tenido una de esas superexperienciascasireligiosas que a uno lo dejan en estado zen perpetuo...
La calamidad en cuestión me había regalado varios momentos de suspiros ardientes, cuando decidió llevar su mano a territorios complicados para cualquier simple mortal... Él, que no es un simple mortal, encontró de inmediato el punto exacto, al que aplicó la presión exacta, con el movimiento exacto, para hacerme llegar a un momento exacto, en el que todas las exactitudes se convirtieron en orgasmo...
Debo reconocer que en un principio supuse que el roce había sido accidental, pero con el paso del tiempo me di cuenta que estaba equivocada: el hombre ¡SABÍA lo que hacía!
Cuando por fin se terminaron las batallas, hice la misma pregunta que alguna vez me hicieron y que tanto me molestó (I'm so sorry, pero debía saber...): "¿Dónde aprendiste eso?".
La calamidad aquella me contó una historia de psicólogas sexuales y educación teórica que me recordó bastante a la mía, y que me hizo sentirme realmente agradecida con los libros de texto... Para terminar, la calamidad en cuestión me dio un tip que ahora yo, con toda mi vocación altruista, les comparto:
-Mira, hermosa, esto es muy simple: encontrar el punto se trata de subir al segundo piso e ir directamente al fondo.
Reconozco que, al igual que algunos de ustedes, al principio me quedé con cara de what?, pero luego de la explicación de la frase, quedé más que satisfecha. La calamidad se volteó hacia mí y llevó su mano a mí, mientras hablaba: "hay dos niveles ahí dentro, el chiste es llegar al segundo, y dirigirse a lo más profundo... lo demás, es cuestión de práctica"...
Como pueden imaginar, aquella noche practiqué bastante, por aquello de que no se me olvidara lo bien aprendido, pero luego de un buen rato descubrí que los hombres no necesitan mapas, pues es suficiente con que sepan encontrar las escaleras...

octubre 24, 2009

...

Deja que caigan tus besos en mis caderas... que se derramen despacio, como si no lleváramos prisa...
Deja que sean tus manos las que descubran mi piel... que sean ellas las que acunen mi vientre cuando quiera beber...
Deja que sea en tu cuerpo que encuentre la calma... que sea en ti, donde me hallo en casa...
Deja que te recorra con la punta de mis dedos... que te acaricie en silencio en la madrugada...
Déjame sentir tu aliento en mi cuello... tu boca en mi pecho... tus ganas de hacerme el amor cada mañana...
Deja que sólo una noche recorra tu cuerpo hasta aprenderlo... que memorice tus sonrisas, tus silencios... tus abrazos, tus te quieros... Déjame sentir la espalda quebrar...
Deja que seamos tú y yo, no nuestra sombra o nuestra luz, las que elijan mancharse de sal...

octubre 21, 2009

Aún no descubro por qué si sabía que te irías, aún intento saber si te tengo.
Sé que me equivoco, que debiera pensar más en mí y menos en ti... que debiera borrar cada beso, de los muchos que me diste la noche que me pintaste una promesa bajo la luz de un bar...
...Que debiera irme, salir corriendo de tu recuerdo y arrancarme la piel que tatuaste...
Sé que debiera lavar mi piel hasta que deje de oler a tu piel... que debiera mirar hacia otra parte, donde no vivas tú... que debiera seguir caminando en dirección contraria, donde no hubiera sitio para encontrarte...
Sé que debiera olvidarte... ignorar el silencio... seguir caminando... dejar de soñar...
Pero no puedo... aún sigo preguntándome si, en el fondo, te tengo...

octubre 18, 2009

Cinco sentidos: oído

"Si sigues besándome así, un día simplemente no te dejaré llegar a tu casa", le dije cuando me rozó el cuello mientras nos despedíamos.
Durante horas había tratado de disimular que sus besos provocaban un mar de sensaciones en mi cuerpo, pero en ese momento, de mi boca salió lo que llevaba toda la velada deseando: "no te dejaré llegar a tu casa"...
Nunca, hasta entonces, había deseado de esa manera. Jamás, hasta esa noche, había pensado en abandonar mi cama para buscar en otro sitio el calor que necesitaba mi piel...
La calamidad en cuestión había saltado a mi vida casi por casualidad unos días antes, en uno de esos giros que tiene el destino, y se había alojado en mis labios para hacerlos conocer el exceso y la adicción...
La siguiente noche que pasamos juntos, con su aliento en mi cuello y las rodillas apretadas de deseo, me abracé a él como si lo conociera de toda la vida, y le pedí que no se fuera... Yo, que por entonces aún sentía miedo de aceptar que las piernas se me iban derritiendo, me apreté contra su pecho cuando respondió que no iría a ningún lado, que se quedaría conmigo...
Horas después, con algunas copas encima y la miel cayendo lenta por mi espalda, el destino nos volvió a girar y debimos decir adiós...
"Si sigues besándome así, un día simplemente no te dejaré llegar a tu casa", le dije entonces sin pensar, deseando que fuera esa, y no otra, la noche que abandonara mis sábanas por seguirlo a él...
"Si te beso así, es porque un día no quiero llegar... ¿Crees acaso que no tengo tantas ganas como tú?", me dijo al oído, dejándome sin habla y sin respiración.
Nunca, hasta entonces, el sonido de las palabras me había sorprendido tanto como esa noche; no sólo fueron las mías, saliendo naturalmente de algún sitio en el fondo de mi vientre; sino las suyas, que me llevaron al desierto, desde donde aún no vuelvo...
"Un día no llegaré, me secuestrarás y yo te ayudaré...", una frase que sigo escuchando aún, entre sueños...

octubre 16, 2009

Cinco sentidos: vista

"Hay mucha gente viéndonos", le dije cuando puso su mano sobre mi cadera y comenzó a jugar con el elástico de mi ropa interior.
Llevábamos todo el día jugando a seducirnos: mensajes tibios, palabras trazadas en la piel y un montón de miradas que hablaban por sí mismas; por eso no me sorprendió que me detuviera un segundo para decirme que le encantaría robarme en ese instante.
"Me encanta cuando te pones falda... luces sexy, cachondísima...".
"Cachondísima", pensé... Por primera vez en la vida, la palabra me quedaba exacta.
"Nos están viendo", le repetí cuando sentí sus dedos subir por mis muslos y supe que, si no se detenía, sería mi mirada la que nos delatara.
-No seas paranoica, nadie nos ve, todos están en lo suyo...
Sus dedos, tibios, suaves, subían y bajaban por mis piernas, dibujaban círculos, espirales ascendentes que me provocaban sensaciones encontradas y que, finalmente, terminaron por hacer que diera un paso atrás...
-No te vayas... no haré algo que no quieras...
-Que nos están viendo...
-¿Y? ¿A poco no disfrutas sabiendo que mientras yo te acaricio, todo el mundo hace un sacrificio por no voltear?
Tenía razón, lo disfrutaba. En un par de ocasiones había volteado a ver las caras de quienes nos rodeaban: tensas, llenas de nerviosismo, curiosas... y me había excitado aún más, de saber que aunque todos querían saber qué era lo que pasaba debajo de mi falda, nadie se atrevería siquiera a moverse.
Ahí estaba yo, que durante tanto tiempo había huido de sus manos, dejándome seducir por ellas frente a todo el mundo, arqueando la espalda por la cascada de sensaciones que tenía... apretando los ojos, con la cabeza echada hacia atrás, las uñas clavadas en su brazo izquierdo...
-Ya me voy, dije bajito mientras daba un paso hacia atrás para liberarme del deseo. Ya me voy, repetí...
Solté su mano y alisé mi falda, respiré profundo... giré.
Caminé hacia la salida como si hubiera ganado una batalla: con la frente en alto, las piernas apretadas, el cuerpo palpitante, el aliento vivo... Pude sentir cada una de sus miradas, como hierros calientes, grabándome la palabra "puta" sobre la espalda; el peso de sus ojos cayendo sobre mí cuerpo, la fuerza de sus palabras no dichas...
Y me sentí feliz.... feliz por saber que era a mí, a nadie más, a quien pertenecía mi cuerpo...
...
"Nos vieron", escribió más tarde. "Nos vieron, y me creció el deseo".

septiembre 26, 2009

Cinco sentidos: tacto

"Sólo te pido una cosa", le dije alguna vez a una calamidad naciente, "jamás me detengas las dos manos... me siento atrapada".
-Ajá, contestó aquel, mientras me sostenía las puntas de los dedos con los dientes.
Mi petición estaba bien fundada. Dice mi mamá, que hasta entonces había tenido una razón absoluta cada vez que hablaba de mí, que estaba segura de que si me cortaban las manos, me quedaba muda... y tenía motivos poderosos para decirlo (pero esa es otra historia).
La calamidad aquella me hizo caso por un tiempo, dejándome las manos libres y haciendo malabares para hacer un montón de cosas que se imaginaba...
Me detenía fuerte una mano, me tomaba por el cabello, me detenía la cara... bueno, todas las cosas que se imaginen... peeeeeeeeero, un día tuvo una idea genial y decidió dejar de respetar mi única petición en la vida...
Debo decir que se aprovechó de que yo me había bebido un par de tragos y de que andaba más caliente que de costumbre, pero el chiste es que en uno de esos arrebatos que uno tiene, la calamidad me sostuvo las manos por encima de mi cabeza y no me dejó volverlas a mover en muuuuucho rato...
Al principio, confieso que me sentí extrañísima, atrapada, incómoda.... que estaba, más que excitada, encabronada, porque el tipo no ubicaba que, mientras él me estaba deteniendo -bastante fuerte, por cierto- ambas manos, yo estaba al borde del colapso nervioso...
Luego de que me cansé de decirle en repetidas ocasiones -en todos los tonos posibles y haciendo toda clase de promesas- que me soltara, me resigné a que ese día se haría lo que él quería, y empecé a disfrutarlo...
Hasta ese momento, mi experiencia decía que debía ser capaz de tocar, ver y probar todo cuanto estuviera a mi alcance cada vez que me encontrara con una amante, pero ese día aprendí que en el sexo, como en la moda, a veces menos es más...
Al dejar mis manos fuera del juego, la calamidad aquella no sólo intensificó sus esfuerzos, sino que provocó un subidón en mis deseos y mis sensaciones... así pude saber que si tocan un punto en mi espalda, justo abajo de mi hombro, siento cosquillas en el dedo medio; que si me besan la última costilla, las rodillas se me doblan... y que dentro de mí hay un profundo deseo de que me aprisionen aún más fuerte...
Así, mi experiencia más táctil no tuvo jamás algo que ver con que yo tocara... pero sin duda recuerdo cada sensación.

septiembre 18, 2009

Cinco sentidos: gusto

Durante años pensé que ser una buena mujer consistía en tener valores, inteligencia, modales y un montón de cosas old fashion que me enseñaron desde niña...
Quería ser una buena esposa, una buena madre, una buena profesionista, una buena ciudadana...
El verano del año 2002 decidí que también sería buena amante.
Debo decir que en aquella época sabía muy poco de lo que eso quería decir; era casi virgen y seguía sintiendo vergüenza de casi todo lo que luego aprendería a hacer con soltura.
Con poca experiencia y un pudor casi ridículo, comencé el aprendizaje de la misma forma que había adquirido todo lo que sabía hasta el momento: con teoría.
Nada sabía yo de libros eróticos o de revistas, blogs o cualquier otra cosa que me pudiera ayudar. Le tenía miedo a hablar de mi sexualidad, incluso con mi amiga más cercana, y no compartía detalle alguno sobre lo que sucedía por ese entonces -sólo- en la habitación.
Con esas referencias, decidí que mi mejor opción para adquirir conocimientos en la materia era Cosmopolitan.
Por esa época, la revista publicaba 'La biblia sexual', una trilogía de artículos que explicaban paso a paso cómo hacer qué, y cuándo.
Yo, que siempre he sido buena siguiendo instrucciones, aprendí en tres meses de religiosa lectura, algo de lo que para muchas implica años y años de ensayo y error: dónde las caricias, cómo la boca, cuándo las manos, por qué la presión...
Así, sólo con teoría, aprendí a hacer un blow...
Cuando lo llevé a la práctica, supe que la piel de un amante es siempre la fruta más dulce, que cada instante amargo tiene su recompensa cuando descubres que desde el sitio privilegiado donde te encuentras puedes ver los ojos de quien amas... Supe que el sexo es agridulce, que besar de esa manera sabe a menta y chocolate, que la sal siempre libera, que la vida es divertida cuando le pones un poco de picante...
Nada después de esa vez fue lo mismo, pues aunque aún no me tomo la vida como tequila, descubrí que nada tiene un mejor sabor que el deseo...

septiembre 15, 2009

Cinco sentidos: olfato

Siempre he creído que la nariz no me funciona... soy de las que tienen que quedarse pegadas a los muestrarios de perfumes, para decidir cambiar de aroma; de las que jamás saben a qué huele un lugar o una persona, de las que se tienen que poner perfume cada dos horas para sentir que sigue oliendo rico...
Tengo un mal olfato.
Hay algunos que dicen que se lo debo a mi adicción a la nicotina, pero yo estoy segura que no es cierto: desde niña, muy niña, me ha sucedido lo mismo.
Con él siempre fue distinto...
Siempre me olió riquísimo, aunque no trajera loción...
Su aroma -entre madera y amizcle en invierno, entre arena fresca y hojas de menta en primavera- siempre me provocó cosquillas detrás de las rodillas y miel tibia entre las piernas...
Por meses, cuando recién apareció en mi vida, me fue difícil controlar el hormigueo y calmar el 'calambrito' en mi vientre... aun así, disfrutaba quedarme atrapada entre sus brazos, con la cara apretada a su pecho...
"Hueles a ámbar", me dijo un día que seguro no recuerda, dejando sonar el caracol que tiene en la garganta, mientras su aliento hacía volar mis cabellos...
Sí, me ponía caliente... aún ahora, cuando hay ya varios meses de distancia entre el día que corre y la última vez que lo vi, me sigue poniendo igual...
Mi relación con él, entre platónica y masoquista, siempre me puso la piel chinita...
"No, no podemos hacer el amor encima de la mesa", dijo alguna vez como respuesta a un amigo mutuo, como adivinando lo que yo hubiera querido hacer, como sabiendo que moría por estar con él...
Aquella ocasión, imaginé cómo oleríamos juntos... cómo sería la explosión, con su aroma y el mío mezclados, con su cuerpo en mi cuerpo, con la sal y la miel...
"Oleríamos rico", le dije años más tarde, creo que sin que siquiera alcanzara a entenderme.
"¿Qué?"... "Nada, oleríamos rico", le dije otra vez metida en su pecho...
Esa vez, como muchas más... como siempre, quizá, me quedé con las ganas...
Sí, el hombre de mis deseos sigue siendo el mismo... y su aroma (aun en el recuerdo) me sigue disparando los sentidos, aunque sepa que quizá nunca lo tenga en mi cama... aunque sé que quizá nunca sepa que antes de él, jamás había olido...