agosto 22, 2016

Buena suerte

Llevaban toda la vida viéndose, encontrándose en cumpleaños y reuniones familiares, y sin embargo fue hasta un verano de hace 17 años, que C recuerda haberse fijado en él. 
En aquel momento, la idea le pareció absurda. 
"Era algo como un primo y en realidad creo que nunca había puesto atención", me dijo antes de contarme cada detalle, de la camisa azul y la vid que colgaba del extremo del jardín,  de las risas y la música,  de la forma de sonrojarse, de la piel suave de su mano.
Lo recordaba todo.
"Era, quizá,  una señal", le dije.
Quizá. 
Por entonces, él no había reparado en ella. Nunca la había visto, siempre había pasado de largo la mirada, sabiendo que por entonces era una niña más en medio de una reunión obligada.
C no sabe cuánto tiempo pasó ni cómo fue que él la vio, pero para ella todo se volvió claro una noche de enero.
Él dejó de serle indiferente. Comenzó a buscarlo en las reuniones, a verlo al otro lado de la mesa, a buscar un pretexto para coincidir en el jardín... y así,  un pasito a la vez, fue haciéndose presente para alguien que había estado en su vida siempre.
Primero fue una conversación entre varios, luego un cigarro en el patio, un roce de manos en el cuarto de herramientas. Luego, un juego de estrategia para escaparse por un rato, por ganar un trocito de intimidad en medio de tantos ojos...
"No sabes la emoción con la que esperaba cada reunión", me dijo sonriendo, como si pudiera tener de nuevo ese tiempo en las manos. 
Como es normal, el romance fue intenso, pero breve. Lleno de miedos y silencios, de pudor, de estupidez...
"La verdad es que nunca dejé de pensar en él", me cuenta. "Fantaseaba con lo que hubiera sido si nos hubiéramos atrevido, si no hubiéramos dejado llevar".
-¿Y por qué no lo hicieron?, le pregunté. 
-Por estúpidos, me dijo tajante.
Hoy me cuenta todo esto porque lo ha visto y ha vuelto a sentirse esa chica.
Me lo cuenta porque hoy, 12 años después de la última vez que estuvieron juntos, por fin decidieron lanzarse al vacío con las luces de la ciudad como testigo.

agosto 14, 2016

Quedarse con lo bueno

Debo empacarlo todo.
Ponerle plástico a los sueños.
Meter las luces en un frasco.
Guardar tu olor por mañana.
Doblar las ganas y los roces.
Cerrar los ojos. 
Guardarlo todo.
Guardarlo donde no lo vea.
Donde no lo quiera.
Guardarlo ahí, con las cosas más lindas.
Y no desear más. 
No quererte siempre. 
No quererte. 



julio 30, 2016

Pedacitos de vidrio

...Entonces supe que estabas tan roto como yo, que tenías trozos diminutos de cristal regados por el cuerpo.
Supe que yo, al abrazarte, sentía que mis pedazos no dolían,  sino se reunían. 
Y fue un instante mágico en que los cristales fueron otra vez uno, y nos sentí(mos) en la repetición de un momento vivido siempre.
Y fue una vez, entre todas las veces, que abrí los ojos y vi el sol, redondo, naranja, inmenso, entre toda la oscuridad...

julio 07, 2016

Nunca he creído en el destino.

Nunca, hasta ahora que me ha dado por preguntar si eso es lo que nos hace volver, aunque no nos hayamos tenido aún. 

Nunca, hasta que pienso en todos los años que han pasado, en todas las cosas que deberíamos sabernos y aún no hemos descubierto.

Nunca, hasta que me abrí, transparente, y pedí que te llevaran uno de mis besos.

Nunca, hasta que el silencio me heló los huesos.

Nunca he creído en el destino,  jamás.  Y sin embargo ahora esa es la única palabra que me gustaría reconocer.

julio 05, 2016

A la mitad de la carretera

Entre todas las cosas que sé  (que, créanme, no son pocas), hay una sola que quisiera nunca haber aprendido: a ceder.

Para la mayoría de la gente, ceder es parte de un proceso de negociación que no los confronta, no los define, no los acorrala.
Para mí,  en cambio, ceder es un castigo.

Aprendí hace mucho: era mi deber. Satisfacer, agradar, complacer.  Ese, no otro,  era el precio de ser como soy.

Hace años, cuando el precio comenzó a destrozarme los dedos, llegó él.  

No, no, este no es un cuento de amor, no se confundan. Él no era el príncipe azul ni el sueño de mi juventud, él era la única persona en el mundo que era capaz de descifrarme.  Y vaya, bastante le pagaba para que lo hiciera.

Él llegó a ponerme en entredicho con cada relación que había tenido, llegó a decirme que tenía derechos a los que nunca había aspirado, que tenía oportunidades que nunca había visto. Una de ellas, quizá la más importante, la de no seguir sentada en una mesa en la que lo único que se comía era fuego. 

Un día de otoño (podría decirles la fecha exacta pero no tiene importancia), fui invitada a comer en esa mesa. 
Durante horas recibí viento helado y bofetadas, indiferencia y metralla. Lo soporté. No por mártir ni por buena, sino porque se suponía que era lo que debía hacer, lo que haría feliz al personaje del otro lado, lo que lograría que, por fin, se acabara.

Al terminar, deseé como nunca salir corriendo del auto, irme sola por la carretera, cantando canciones y llorando bajito.

No lo hice. Nunca me atreví. 

Tiempo más tarde, una calamidad me invitó a comer en esa misma mesa. Durante meses no hizo más que invitarme a ella, y yo, aunque en el fondo no quería seguir,  iba y me alimentaba de su podredumbre. 

Una y otra vez, como en la canción de Amada Miguel, mi rey se convertía en un monstruo de mil cabezas que se alimentaba de mi miedo, de mis inseguridades, de mis deseos...

Entonces llegó el día.  Hacía sol y yo tenía aún las vendas de mi operación.  No puedo decirles cómo fue o qué lo detonó,  pero pasó. 

Me bajé del auto andando,  a la mitad de la carretera. Y sentí poder.

Esa vez fue la primera, quizá,  en la que supe que no habría gritos ni chantajes, ni reyes convertidos en monstruos y vueltos a redimir, que me hicieran volver.

Él nunca lo entendió.  Nunca supo por qué yo, de pronto, había dejado de ceder. 

Yo, en cambio, supe que podía hacerlo. Y sonreí. 

Hoy, cuando los monstruos acechan de nuevo, recuerdo que hace mucho que cuento esta historia,  mi favorita, la que más habla de mí y de mis batallas.

Hoy, por esos mismos monstruos, me la quiero contar de nuevo, porque más que nunca necesito volver a ser la chica de la mitad de la carretera...

octubre 17, 2014

Sin control

Soy una freak del control.

Sí, soy una de "esas" mujeres.

No soporto no tenerlo todo, no saberlo todo, no hacer bien todo, no decidir todo (aunque siempre evada decidir para evitar la confrontación), no controlar todo, no (ponga el verbo que guste) todo.

En días recientes, ha sido justamente "todo" lo que se me ha puesto de cabeza.

No, no es que haya sucedido en los últimos días, es que ha sido en ellos en los que ha terminado de suceder. De pronto, el control que guardaba sobre mí, sobre mi memoria, mis deseos, mi trabajo -que, hay que decirlo, es lo único que siempre he controlado totalmente-, mi casa, mi vida, se ha ido al carajo.

No recuerdo las dosis de medicamento, ni dónde dejé las llaves, ni quién soy o qué es lo que me gusta... vamos, ayer no encontré una sola categoría para la que fuera target. Muy cabrón, ah?

Tampoco sé dónde estoy parada o para donde quiero caminar, si quiero moverme o esperar inmóvil a que venga el temblor y me sacuda. No tengo ganas de salir, ni de ver, oír o sentir, vamos, he perdido por ahí también las ganas de pelear.

No quiero decir ni quedarme en silencio; sólo quiero dejarme caer en un agujero como el de Alicia: negro, en espiral, donde no pueda ni tenga que ver nada, donde no haya ruido, ni quejas, ni exigencias, ni dudas...

Quiero silencio, oscuridad, soledad. Quiero no tener que levantarme antes para preparar leche o calmar llantos, quiero un día no tener que poner buena cara y sólo decir "vete a la mierda"; quiero soltarme, cortarme las manos, que me duelen diario; cerrar los ojos, dormir profundo.

Profundo.

Profundo.

Pero luego escucho su voz, su vocecita clara que me recuerda que está ahí, conmigo, siempre. Y entonces sé que no puedo parar, que debo seguir, encontrar mi todo, aunque esté quebrado.

Y sus manitas me cruzan la cara, me repasan las líneas, me curan... y sé que de alguna forma, en algún momento, debo al fin recuperar el control.

octubre 14, 2014

A resguardo

Tenía yo como 20, la primera vez que me supe frágil.

Durante años había guardado compostura, llorado bajito, aprendido a no hacerlo; me había atado las manos, que duelen cuando el alma duele, y me convencí de todas esas cosas que creí (que a veces aún creo) que me mantenían a salvo.

Traté de ser quien era y luego, cuando dolía mucho, de ser quien no era.

Traté de ser sol y luna, mar y arena, viento y nubes, dualidad perfecta.

Traté de llenarme los vacíos con palabras, con  besos, con hombres, con silencios...

Traté de ser la que llenara sus ojos y también, la que me los llenara a mí.

Traté, lo juro, pero me rompí.


Anoche, que me encontré frágil nuevamente, cuando se cayó el asa que me detenía, supe que es tiempo de guardar mis piezas y reconstruirme.

No sé cómo termine esto, cuánto tiempo mi "yo" de antes tarde en encontrarse con mi "yo" de ahora, si es que lo hacen; o cuánto más podré resistir sin salir disparada como un cristal al que le impactan una bala. No lo sé.

Hoy todo es blanco y negro, lleno de gotas turbias... así que sólo puedo ponerme a resguardo en lo que pasa la tormenta.


agosto 22, 2014

Inolvidable



En la vida hay amores que nunca pueden olvidarse, dice la melosísima canción. Y es cierto.

Más allá de que no puedan olvidarse, yo creo que hay amores que nunca terminan, que se quedan grabados en el alma y son una especie de ancla a lo mejor (o a veces, lo peor)  de nuestra vida.

Para C, el suyo es el que conoció en la universidad; para M, el que le presenté una noche de Jack Daniels y sonoras carcajadas; para I, ese que conoció por Twitter y le marcó los hombros un par de veces... y para mí... para mí eres tú.

La primera vez que nos vimos no imaginé que entre nosotros habría alguna vez un vínculo tan fuerte, tan definitivo, tan intenso. Te conocí por azar, porque no renunciaste cuando los demás lo hicieron, y desde entonces te convertiste en alguien entre todos mis nada.

Te comencé a querer la tarde de enero que me diste una lista que no conocí y me hiciste sentir pequeña, pero poderosa; te quise más esa mañana de marzo cuando me dijiste otro nombre y vi la sombra en tus ojos, aún más la noche de agosto que me contuviste en medio del tornado, y aún más cuando Julio me invitó a viajara a París para jugar al escondite...

Podría enumerarte miles de veces más, una por cada instante en el que me perdí en ti, por cada vez que descubrí un silencio nuevo, por cada arruga de la mano que se encontraba con la mía, por cada beso repartido en mi espalda, por cada palabra, por cada mirada, por cada vez...

Podría, pero no lo haré.

No lo haré porque sería como cerrar la puerta, como morirme sin ti...

No lo haré porque aunque digo que me basta con saber que existes, aun espero que haya un día, un instante, en que pueda verme otra vez en ti...

agosto 21, 2014

Noticias inesperadas


"Qué raro es ver que tu ex se casa", me dijo el otro día R mientras íbamos a una junta.

¿Sí?, pregunté yo, un tanto extrañada por el comentario.

"Sí, porque es como saber que nunca más será tuyo, como saber que pudo amar después de ti, como si todo lo que un día pasó no valiera nada, como si todo lo que se te quedó tuviera que petrificarse", me respondió.

Yo, que ya he visto a un par de ellos hacerlo y que no acostumbro guardar esperanzas, no pude comprender lo que decía.

Para mí, los ex -a excepción de una calamidad tóxica de la que luego les contaré- son una clase de buenos amigos con los que me mensajeo cada cumpleaños y año nuevo, y de los que guardo los mejores recuerdos, así que cuando han decidido sentar cabeza no he sentido más que alegría.

No obstante, hoy tuve una sensación muy distinta a la que había experimentado, cuando en mi feed de noticias de Facebook apareció el anuncio de compromiso de una de las calamidades más importantes de mi -no tan larga- lista amorosa.

El especimen en cuestión fue mi novio desde los 16 y tuvimos una larga historia que se cerró, como te cuento en este post, de la forma más civilizada. Durante muchos años, luego de terminar, nos llamamos en los cumpleaños y favoriteamos nuestras fotos en cada red social, continuamos nuestras pláticas con amigos y familiares, y sonreímos cuando pensábamos en, un día, quién sabe cuándo, volver a vernos para tomar un café.

Para mí, él, que marcó mi vida de muchísimas maneras, era una asignatura completada con honores: no guardaba rencores o palabras sin decir, no había una sola cosa que hubiera deseado que sucediera distinto, ni una lágrima atorada en algún lugar de mi alma.

Estaba equivocada.

No, no es que ahora me dé cuenta que no haya cerrado ese ciclo, es que descubrí que en el fondo, abajo de mis certezas y sonrisas, tengo una lágrima de felicidad esperando por el día que ese hombre que tanto se negó el amor para siempre, por fin diga "sí quiero".


agosto 20, 2014

A y los 30


La primera vez que vi a A me pareció una chica fuerte.

Durante meses la observé moverse con naturalidad, evadir las miradas indiscretas, recibir insinuaciones con gracia, detener deseos con elegancia...  calculaba a la perfección todas las respuestas y reacciones, tenía las palabras precisas y la sonrisa aquella que yo llegué a dominar tan bien... era fuerte, una amazona en potencia, pues.

Sin conocerla mucho, llegué a sentir cariño por ella luego de una mañana que la vi llorar bajito antes de entrar a la oficina. Entonces me di a la tarea de hablar con ella, de conocerla... después de todo, las dos sufríamos el mismo mal.

Con el paso del tiempo, A se fue abriendo, fue contando cosas, soltando secretos, dejándose ir con una naturalidad aprendida hace tiempo. Al principio eran cosas simples: su comida del fin de semana, su visita al cine, la casa de su novio; luego, el hombre que la dejó antes de irse a tirar a media Argentina, las lágrimas que no se secan, los requisitos de su hombre ideal y su enorme interés por convertirse en Susanita.

Y entonces lo supe: no somos iguales.

Para ella, estar en una relación implica seguridad, éxito, estabilidad, y por eso no puede parar la búsqueda. Ella necesita ser contenida, amada, acompañada.

Para mí, en cambio, una relación tiene que ver con el poder, con la satisfacción, con el movimiento. Yo necesito el abismo, el fuego, la magia...

Estamos en dos puntos de la misma línea y por azares del destino nos hemos encontrado en el medio.

No somos iguales, pero siento que, en algunas cosas, he recorrido ya ese camino, y es por eso que ahora la veo e imagino las respuestas que aún no puede escuchar, por ejemplo, que lo que ella necesita no es atarse, sino descubrirse.

O que la vida es mucho más que estar acompañada.

Que no está sola, aunque haya mucho espacio en su cama.

Que ni los hombre son de Venus ni las mujeres de Marte (o como chingadamadre sea el dicho) y que no tiene por qué ceder(se) en el camino.

Que el amor y la compañía no siempre están en la misma bolsa.

Que el sexo sin amor es bueno, pues te deja volver a estar con tus propios pensamientos.

Que no importa cuánto exija, sino cuánto esté dispuesta a dar.

Que no necesita un hombre que la complemente, pues ella ya está completa.

Que tiene 30 años y hay mucho mundo allá afuera.

Eso, que tiene ¡30 puñeteros años y todo estará bien si le llegan los 35 o los 40 o los 60 y no ha encontrado a un hombre con el que quiera compartirlo todo!

Que tiene 30 y es hermosa, fuerte, inteligente... y se está perdiendo de tanto buscar...

agosto 19, 2014

Purificación


"Necesitamos vernos, platicar por horas, guardar los silencios que entre nosotros no son incómodos, vaciarnos, purificarnos..." me dijo mi calamidad espejo luego de más de diez años de travesías, de encuentros y desencuentros, de caminos distintos y de probarnos que lo nuestro es a prueba de amores.

Luego de tanto tiempo, la calamidad y yo hemos vuelto a lo que éramos: cómplices, y es por eso que de vez en vez me gusta volver a él, a sus palabras claras, a su corazón abierto, a su profundo conocimiento de mí, a su nulo interés de juzgar, a su reflejo, que es el mío.

Ayer, mientras yo le contaba que he decidido darme otra oportunidad con la escritura, él, que me conoce como a sí mismo, me leía entre líneas y me hizo la promesa.

Purificarnos... retiembla en mi mente mientras escribo; suena fuerte, claro, seco... porque sé que es verdad, que eso hacemos, que ahí vive nuestra magia.

No me malinterpreten, lo mío con el espejo no es cuestión de amor, al menos no el de las mariposas y el sexo; lo mío, lo nuestro, es algo que va más allá, que se tiene sólo una vez, con una sola persona, y que te deja descubrirte ante ella porque posee lo mismo.

Entre nosotros no hay nada qué perder, ni qué ganar, ni qué probar. Somos inmunes. 

Es por eso que su promesa me sabe a miel, porque es como si me la hubiera hecho yo misma en uno de esos intentos que tengo por ganarle un cachito a la rutina.

Purificarnos, purificarme... la promesa que me hace saber que hay un sitio entre la playa y la ciudad en el que puedo soltarme, gritar en el abismo, vaciarme tanta mierda, tanta costumbre, tantos silencios...


agosto 18, 2014

"Lo que tú necesitas"

En la vida de una mujer, uno de los momentos más importantes que existen es aquel en el que una sabe qué es lo que necesita.

Para muchas, ese momento llega cerca de los 40, cuando ya han dejado de pensar en los otros (al menos durante cinco minutos) y se sientan a pensar en ellas. Para otras, las más millenials, llega mucho antes, por los 20, cuando han pensado más en sí mismas que en cualquier otra persona, y están listas para jugar el juego.

Para S, el tiempo llegó por ahí de sus 25, pero creyó que, como siempre, ese timing era una falsa alarma, así que siguió.

"Es que ¿qué chingados sabe uno a esa edad?", me dijo la otra tarde.

"Mucho, si eres tú", pensé en mis adentros, sabiendo que ella a los 25 tenía más certezas y claridad de la que tiene a sus treintayalgo, y de la que yo tengo a mis losquesean.

"Es que me seguí de largo, ¿ves?", me dijo con ese nuevo tono progre que se le puso de moda. "Me seguí, me dejé ir como hilo de media en algo que suponía que quería y que era normal, ¿pero qué chingados he sabido yo en toda mi vida de ser normal?"

Mientras la observaba me di cuenta que algo en ella se había removido: ya no era la chica burbujeante que vi en su boda, ni la mamá de dos que los criaba con apego, ni la profesional del equilibrismo... era ella, la que conocí una tarde en medio de una tormenta y que me invitó a compartir el cigarro cuando vio que el mío había sido arruinado por Tláloc.

"¿Qué te pasa, S?, ¿qué o quién te removió todo esto?", le pregunté de pronto, parando su soliloquio.

Ahí estaba, en silencio, con esos mismos ojos negros con los que me vio la primera vez que se confesó incompleta y me hice su amiga. En silencio. Negando con la cabeza. Jalándose los dedos.

"Es que el otro día me dijeron algo y me di cuenta de que la gente puede ver eso que yo he sabido desde hace mucho", me dijo bajito, casi con pena.

Y entonces lo supe, a S le había llegado ese otro momento trascendental.

Ese momento en el que una sabe que hay que parar.

Ese momento en el que sabe que es todo o nada.

Ese momento en el que descubres que la única que ha volteado la cara a lo que sabías hace mucho, eres tú.

Entonces supe que por fin, luego de tantos desencuentros, nos habíamos vuelto a encontrar.

Y lloramos juntas.

octubre 19, 2012

Descafeinada

Creo ciegamente en eso de que ser sexy y atractiva es cuestión de actitud.
Creo, también, que a veces la actitud se agota y, por más hermos@ que sea el susodicho, no logra hacer que una sola persona voltee la cabeza al verla pasar.
Y, que nunca se ha considerado hermosa, pero que era por demás sexy y atractiva, es la muestra de ello. Cuando la conocí, Y era capaz de hacer voltear a quien quisiera, poseía el mejor récord bateador de la temporada y un par de piernas que  hacían suspirar a más de uno (y a un par de unas también, por qué no).
Una vez, en un café, sorprendida por el éxito de su entrada, que había dejado babeando hasta a la recepcionista, le pregunté cuál era sus secreto. 
"Es algo muy sencillo", me dijo, "no ando buscando, y me gusta que me busquen. Se trata de tener conciencia del poder que una trae pegada al cuerpo, y utilizarlo. No, no se trata de andarle enseñando las nalgas a cualquiera, se trata de que yo  quién soy, y eso se nota; es como el amor o el dinero, aunque uno quiera esconderlo, salta a la vista".
Sí, ella sabía quién era, qué le gustaba, cuándo y en dónde, y eso le hacía irresistible ante todos los que, sin saberlo (y a veces sin quererlo), lo único que quieren es tener con sigo a alguien que tenga toda la claridad del mundo.
Desde esa vez, en que Y me compartió su secreto, en su vida -y en la mía- pasaron muchísimas cosas que nos mantuvieron alejadas, hasta ayer.
Nos reencontramos saliendo de una tienda. Ella me reconoció a mí.
¿Cómo has estado?, pregunté sin reponerme de la impresión de no haberla reconocido, de haberme seguido casi de largo ante esa otrora bomba sexy y no haber reparado en que era ella, eeeeeeeeella
No, no está fea ni acabada, no ha ganado mucho peso ni trae un horrendo corte de cabello, no; es sólo que ya no es quien solía ser...
Mientras nos poníamos al tanto de nuestras vidas, me sorprendí más de ver la cantidad de ojos que se siguieron de largo. Y ya no exudaba seguridad, ya no parecía controlarlo todo, incluso, ya no parecía controlarse a sí misma; había dejado de usar stilettos y había cortado su cabello hasta dejarlo en un discreto y cuidadísimo 'Bob' que, según me explicó, "queda mejor con su nueva vida".
Ella, como yo, había tenido una hija, se había casado de pronto y ahora enfrentaba una crisis que la hacía preguntarse si alguna vez volvería a sentir la magia. 
"En alguna parte del camino me perdí", me dijo al notar mi sorpresa. "No soy la misma, ahora soy una versión descafeinada de la persona que solía ser".
¿Te extrañas?, le pregunté.
Cada día, respondió. 
Me pasa igual, susurré... 
Entonces supe que, igual que ella, me había convertido en una versión light de la mujer que una vez fui...

octubre 12, 2012

I'm ok...

Ella sabía que nada cambiaría, aun así, decidió marcar el número aquel que días antes había llegado a sus manos casi por casualidad.
Estaba resuelta a escucharlo decir "estoy bien" y colgar, pero no pudo... escuchar nuevamente su voz le hizo temblar las piernas; saberlo detrás de la línea, sin intención de cortar de inmediato, escuchándola con un suave respiro, le hizo desear más...
Cada vez sucedía lo mismo, no importaba cuánto se repitiera que era la última vez, que se acabaría, ella terminaba cediendo a su deseo y con el alma en el suelo. Las 'últimas veces' recientes habían sido por e-mail y, en algún caso, en medio de un encuentro fortuito en el centro de la ciudad, en el que, fiel a su costumbre, salió corriendo con el corazón hecho pedazos; nunca, desde aquella vez que le pidió irse, había vuelto a escuchar su voz.
¿Sí?, escuchó del otro lado del teléfono.
-Hola, dijo con voz temblorosa. No cuelgues, por favor, añadió después de decir su nombre.
Al otro lado de la línea, un suspiro (¿de sorpresa?) se ahogó al escuchar esas seis letras unidas por la voz; se hizo el silencio, ese que nace cuando se quieren decir mil cosas y el corazón, en su intenso bumbum, no lo permite.
¿Estás bien?, sólo quiero saber eso, si estás bien, salió de pronto de la boca de E, esperando una respuesta y un pitido intermitente que le indicara que él había decidido cortar. Sólo necesito saber que estás bien, que no te pasó nada, añadió con un nudo en la garganta, tras recordar la conversación aquella en la que se enteró del accidente.
Diecisiete minutos más tarde, E (que para ser honestos no llamó 'sólo para saber que él estaba bien', sino para tener un pretexto para sincerarse y reconocer que salir corriendo en dirección opuesta a aquel muchacho de cabello rizado y voz de trueno había sido una estupidez) había confesado todas sus fallas, con la esperanza de que toda la magia que habían tenido, se liberara.
Y sí, se liberó... con lágrimas en los ojos por lo que nunca se atrevió a tener, ella salió por fin de su vida, lo dejó seguir... él, ahora, está bien