noviembre 09, 2009

@GOMISGOMIS, un #hombredecomediadeverdad

“A fin de cuentas, todo es un chiste”.
Charles Chaplin

Hay algo de magia en encontrarse en la risa de otros, en descubrirse en los momentos ajenos y esbozar una sonrisa. Para los simples mortales, reír de nosotros mismos resulta una aventura riesgosa, sin embargo, gracias a la existencia de personas como Héctor Suárez Gomís, lo que podría ser traumático se convierte en memorable.
Para él, un hombre de comedia que nació y creció en el centro del vórtice en el que confluyen la risa y el llanto, reír de sí se ha convertido en una forma de vida que ha ayudado a abrir las puertas de una nueva forma de hacer y disfrutar la comedia.
Héctor es un tipo franco, de sonrisa sencilla, abierta, clara; de esos con los que uno puede platicar por horas, sin sentir el paso del tiempo más que en el estómago, de tanta risa…
Lo conocí una noche de insomnio, cuando en Twitter se libraba una batalla por demostrar la importancia del Internet, en un país como el nuestro, con tanta necesidad de abrirse al mundo. Como muchos, escribió por horas las razones de #InternetNecesario… y es que él es un “adictísimo a la red”.
Desde ahí, Héctor ha abierto la puerta a un nuevo estilo de comedia, gracias a su blog y a las intervenciones twitteras, que inició hace apenas ocho semanas.
“Yo escribía desde muy chavo, por ahí de los 11… Luego, por mis veintes, comencé a escribir humor; se los ensañaba a dos, tres de mis amigos y se reían mucho, pero yo pensaba que eso era porque eran mis cuates. Hace un tiempo, una amiga me dijo: ‘Wey, tienes que publicar estas pendejadas, porque son muy divertidas’, y así nació el blog”.
Héctor recuerda que fue ella quien abrió la cuenta, quien transcribió sus textos y comenzó a difundir la existencia del espacio, que en ocho meses alcanzó 250 comentarios.
“Honestamente no creí que alguien se fuera a reír de mis historias”, dice, pero para su sorpresa, sus “ensayos humorísticos” tuvieron un excelente recibimiento entre la comunidad. Al poco tiempo de estar en línea, la revista Chilango le propuso albergar el blog en su servidor, para contar las aventuras de un chilango en Colombia, donde por entonces el trabajo lo llevó a residir.
“Así nació el nombre y el concepto de ‘El pelón en los tiempos del cólera’, jugando un poco con el título del libro de Gabriel García Márquez’”, con el que su fama creció.
A su regreso a México, su estilo humorístico, cargado de sarcasmo y de una profunda crítica a las formas establecidas, se había posicionado en el gusto de la gente, que comenzó a reírse de sí misma, al verse reflejada en otros. Entonces llegó Random House Mondadori (la editorial de la que no se cansa de explicar que, aunque tiene nombre de sucursal de comida china, no lo es), a proponerle la creación de un libro.
“Una tarde recibí una llamada. Era Wendy, mi editora: ‘Nos morimos de la risa con tu blog, y queremos hacer un libro que se parezca a él’. No lo podía creer, pero me lancé, y decidí cerrar el blog para dedicarme de lleno al proyecto”, que fue lanzado en octubre pasado en la Feria del Libro de Monterrey y que al día de hoy cuenta con más de 20 mil copias vendidas, una verdadera hazaña en un país en el que el promedio de lectura es de medio libro al año.
Ahora, Héctor planea una nueva aventura literaria para 2010. “De hecho, en el segundo libro tengo la idea de ocupar algunos de mis comentarios en Twitter”, red social donde su humor de 140 caracteres tiene cientos de seguidores.
“Es un ejercicio increíble, porque me obliga a ser creativo en un espacio reducido, tratando temas muy diversos; ahí puedo decir todo lo que tengo que decir, que es mucho. Un ejemplo son las noticias, que diariamente pongo con un toque de sarcasmo”, comenta antes de lanzar una risa estruendosa que recuerda a la que cientos soltamos cuando leímos, una noche antes, su comentario sátiro-informativo: “Científicos de la Universidad Nacional descubrieron la única especie de araña vegetariana… ¡Ah, caray!, yo pensé que era del dominio público que Pati Chapoy no come carne”.
Gracias a mensajes como éste, Héctor se posiciona en la red como un humorista innovador, aunque él se niega a aceptar su relevancia en la comedia: “es demasiado pretencioso decir que abro camino para la gente que viene haciendo este trabajo”, no obstante que su estilo ácido, y su método –el ‘stand up’– son innovadores en México.
“Hacer humor de este tipo es algo que aprendí luego de crecer viendo stand up, de leer mucho a humoristas ingleses, australianos, ‘gringos’, españoles, argentinos… Aquí en México no hay referentes, quizá el único podría ser Germán Dehesa, pero apenas…”, dice este hombre que duerme con La Biblia de la Comedia, de Judy Carter, al lado de su almohada.
En el stand up, donde la comedia escrita no se diferencia de la que se realiza sobre un escenario, pues está pensada para hacer reír sin importar cómo llegue al público, la realidad personal tiene un papel fundamental.
“Esto se trata de tomar arquetipos, de mostrarse, pero al mismo tiempo mostrar a todos. Cuando lees la columna, el libro, cuando ves el monólogo, dices: ‘ay, este cuate está hablando de él, pero de pronto también habla de mí’. Por ejemplo, la gente viene a ver ‘El Pelón’ –su espectáculo–, en el que hablo de la forma en que me educaron, y reaccionan porque dicen ‘es que habla de mi papá, o de mi mamá’, aunque esté hablando de los míos”.
El espectáculo, que recientemente terminó temporada en EL VICIO, y que actualmente se presenta en el Teatro de la Comedia y el Café 22 –su “nave nodriza”–, es uno de sus mayores motivos de orgullo.
“Soy generador de mi propio trabajo, además de que la forma en la que se le recibe me hace saber que, luego de todas las críticas, estoy en lo correcto; esto me da la razón, no a mí, sino a esta idea de hacer comedia”.
Y es que llegar hasta aquí no ha sido sencillo; antes de esto, Héctor debió recuperarse de algunos golpes. En un país que no acostumbra reírse de sí mismo o de su realidad, donde ser objeto de un chiste es tomado por muchos como una agresión, aventurarse a realizar comedia ácida fue un reto.
“Cuando hice ‘El Pelón de noche’, en TV Azteca, fui muy maltratado; fue la primera vez, en 30 años de carrera, que me despedazaron. Ahí pensé que era un imbécil, que estaba mal, que estaba equivocado en mi forma de hacer comedia… Lo único que me hizo regresar fue que toda mi vida he creído en mí. Si a mí me vibra que algo está chistoso, si mi instinto me dice que va a funcionar, entonces me voy por ahí, y le doy con todo”.
Así, gracias a esta profunda seguridad, fue que regresó con nuevos bríos, presentando el espectáculo que lleva siete meses en cartelera, y que satisface las necesidades de un público que creció viendo otro tipo de comedia.
“Cuando escribí el monólogo, pensé en lo que conecta a toda una generación: la forma en la que nos educaron. Lo terminé y se lo di a leer a mucha gente., a mi papá, a Héctor Bonilla, a gente que respeto y que ha hecho comedia por muchos años; se lo di también a gente de mi generación,
a gente más joven... Los más clásicos me dijeron que de plano estaba mal, que no iba a pegar, que era muy fuerte que anduviera diciendo que mi papá me agarró a cinturonazos, o que criticara las estructuras sociales, pero yo sabía que había público para esto”.
Así, Héctor se aferró a la idea de llevar al público su propuesta, y buscó a Jaime (----), dueño del Café 22, quien le brindó una oportunidad que aún hoy agradece…
“Oye wey, ¿conoces esto?”, dice mientras extiende el celular y regala una sonrisa. “Es el mensaje que me mandó Jaime –al otro lado de la habitación– cuando leyó el monólogo”.
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“Luego de esto, me dijo ‘no puedo darte el horario estelar, porque empiezo temporada con Rebecca Jones, pero ¿qué te parece si te abro espacio los sábados a las ocho?’. Yo le dije que no había bronca, que no iba a reclamar algo, iba a buscar espacios, a que me dieran chance… y así empezamos…
“A las dos, tres semanas, abrimos una segunda fecha los miércoles, y después tuvimos que hacer algo que nunca había pasado en el Café 22, abrir dos horarios el sábado. Créeme que ni yo me lo esperaba. A veces, cuando ensayaba, me decía a mí mismo: ‘mira wey, te presentas un par de veces y luego tiras la toalla, te regresas a hacer telenovelas, le dejas de hacer al menso’…”.
Ahora, Héctor sigue buscando la forma de contrarrestar la “crisis de atreverse a lo nuevo” que afecta a México. “Por eso vamos a hacer, en febrero, un festival de stand up en el café… Además, queremos abrir un espacio para tener una noche de micrófono abierto, para que la gente que no tiene chance de hacerlo, se de a conocer, ¡que me hagan competencia!”.
Por ahora, su principal satisfacción es ser testigo de cómo la gente empieza a aprender a burlarse de sí misma.
“Lo veo en todos lados y me da muchísimo gusto, porque eso quiere decir que aferrarme sirvió de algo, que funcionó, que no estaba equivocado… Y me siento un hombre afortunado, afortunado porque tengo la habilidad de escribir y hacer reír, y yo creo que quienes te hacen reír viven siempre en tu corazón”.
Por nuestra parte, quienes hemos reído a carcajadas gracias a @GOMISGOMIS, como se le conoce entre los twitteros, sabemos que así será, pues cada una de las risas que nos arranca, le han hecho merecedor de una categoría especial… Héctor, ‘el Pelón’, es un #hombredecomediadeverdad, y por eso se nos quedará siempre grabado en la memoria.

noviembre 06, 2009

Mapas y escaleras...

Cuando se trata de sexo, mis amigas y yo solemos tener una pregunta recurrente: ¿por qué el dios Eros, el Dios verdadero, la vida, la energía creadora, el polvo de estrellas o lo que sea, no les da a los hombres un mapa?
¿Que para qué queremos que tengan un mapa, si son bastante ubicados? Muy sencillo: las mujeres no somos como una ciudad.
Desde épocas inmemoriales, los varones conocieron calles, carreteras y avenidas como si trajeran integrado un GPS... Saben moverse en la metrópolis, hallan las calles que nunca antes habían visto, aunque les den treinta vueltas, casi siempre llegan a donde quieren; no, no, no, son U-BI-CA-DÍ-SI-MOS... cuando se trata de cientos (que digo cientos, miiiiiiiles) de kilómetros.
Sin embargo, queridos míos, son bastante desubicados cuando hablamos de algunos cuantos centímetros...
¿Qué?, ¿que a qué me refiero? ¡Pues al cuerpo!
No, no al suyo, ese lo conocen de memoria... Me refiero ¡al nuestro!
Resulta, gente bonita, que la mayoría de los hombres a los que he conocido (sea por experiencia personal o por los comentarios de mis amigas) difícilmente saben dónde está qué, para que a uno se le vayan los deseos a sitios inimaginables...
De todo lo que he escuchado, visto o sentido, hay dos sitios especiales para los que las mujeres quisiéramos proponer la existencia de un mapa: el clítoris y el punto G.
Sí, señoras y señores, hay quienes no tienen idea ¡¡¡dónde está el clítoris!!! Pero bueeeeeno... eso es más sencillito, por lo que los remitiré a un simple esquema, para que, quienes no lo conozcan, se sientan en confianza...
Pero ahora vamos a lo más complicado...
¡¿Dónde rayos está el punto G?!
Resulta, queridos míos, que a veces ni siquiera nosotras sabemos... en serio... entonces eso complica toda la búsqueda para ustedes. No obstante, hace un tiempo conocí a alguien que sabía exactamente dónde estaba eso que yo jamás había podido encontrar.
El descubrimiento sucedió una noche de luna llena, cuando no podía esperar nada más de la vida, pues había tenido una de esas superexperienciascasireligiosas que a uno lo dejan en estado zen perpetuo...
La calamidad en cuestión me había regalado varios momentos de suspiros ardientes, cuando decidió llevar su mano a territorios complicados para cualquier simple mortal... Él, que no es un simple mortal, encontró de inmediato el punto exacto, al que aplicó la presión exacta, con el movimiento exacto, para hacerme llegar a un momento exacto, en el que todas las exactitudes se convirtieron en orgasmo...
Debo reconocer que en un principio supuse que el roce había sido accidental, pero con el paso del tiempo me di cuenta que estaba equivocada: el hombre ¡SABÍA lo que hacía!
Cuando por fin se terminaron las batallas, hice la misma pregunta que alguna vez me hicieron y que tanto me molestó (I'm so sorry, pero debía saber...): "¿Dónde aprendiste eso?".
La calamidad aquella me contó una historia de psicólogas sexuales y educación teórica que me recordó bastante a la mía, y que me hizo sentirme realmente agradecida con los libros de texto... Para terminar, la calamidad en cuestión me dio un tip que ahora yo, con toda mi vocación altruista, les comparto:
-Mira, hermosa, esto es muy simple: encontrar el punto se trata de subir al segundo piso e ir directamente al fondo.
Reconozco que, al igual que algunos de ustedes, al principio me quedé con cara de what?, pero luego de la explicación de la frase, quedé más que satisfecha. La calamidad se volteó hacia mí y llevó su mano a mí, mientras hablaba: "hay dos niveles ahí dentro, el chiste es llegar al segundo, y dirigirse a lo más profundo... lo demás, es cuestión de práctica"...
Como pueden imaginar, aquella noche practiqué bastante, por aquello de que no se me olvidara lo bien aprendido, pero luego de un buen rato descubrí que los hombres no necesitan mapas, pues es suficiente con que sepan encontrar las escaleras...

octubre 24, 2009

...

Deja que caigan tus besos en mis caderas... que se derramen despacio, como si no lleváramos prisa...
Deja que sean tus manos las que descubran mi piel... que sean ellas las que acunen mi vientre cuando quiera beber...
Deja que sea en tu cuerpo que encuentre la calma... que sea en ti, donde me hallo en casa...
Deja que te recorra con la punta de mis dedos... que te acaricie en silencio en la madrugada...
Déjame sentir tu aliento en mi cuello... tu boca en mi pecho... tus ganas de hacerme el amor cada mañana...
Deja que sólo una noche recorra tu cuerpo hasta aprenderlo... que memorice tus sonrisas, tus silencios... tus abrazos, tus te quieros... Déjame sentir la espalda quebrar...
Deja que seamos tú y yo, no nuestra sombra o nuestra luz, las que elijan mancharse de sal...

octubre 21, 2009

Aún no descubro por qué si sabía que te irías, aún intento saber si te tengo.
Sé que me equivoco, que debiera pensar más en mí y menos en ti... que debiera borrar cada beso, de los muchos que me diste la noche que me pintaste una promesa bajo la luz de un bar...
...Que debiera irme, salir corriendo de tu recuerdo y arrancarme la piel que tatuaste...
Sé que debiera lavar mi piel hasta que deje de oler a tu piel... que debiera mirar hacia otra parte, donde no vivas tú... que debiera seguir caminando en dirección contraria, donde no hubiera sitio para encontrarte...
Sé que debiera olvidarte... ignorar el silencio... seguir caminando... dejar de soñar...
Pero no puedo... aún sigo preguntándome si, en el fondo, te tengo...

octubre 18, 2009

Cinco sentidos: oído

"Si sigues besándome así, un día simplemente no te dejaré llegar a tu casa", le dije cuando me rozó el cuello mientras nos despedíamos.
Durante horas había tratado de disimular que sus besos provocaban un mar de sensaciones en mi cuerpo, pero en ese momento, de mi boca salió lo que llevaba toda la velada deseando: "no te dejaré llegar a tu casa"...
Nunca, hasta entonces, había deseado de esa manera. Jamás, hasta esa noche, había pensado en abandonar mi cama para buscar en otro sitio el calor que necesitaba mi piel...
La calamidad en cuestión había saltado a mi vida casi por casualidad unos días antes, en uno de esos giros que tiene el destino, y se había alojado en mis labios para hacerlos conocer el exceso y la adicción...
La siguiente noche que pasamos juntos, con su aliento en mi cuello y las rodillas apretadas de deseo, me abracé a él como si lo conociera de toda la vida, y le pedí que no se fuera... Yo, que por entonces aún sentía miedo de aceptar que las piernas se me iban derritiendo, me apreté contra su pecho cuando respondió que no iría a ningún lado, que se quedaría conmigo...
Horas después, con algunas copas encima y la miel cayendo lenta por mi espalda, el destino nos volvió a girar y debimos decir adiós...
"Si sigues besándome así, un día simplemente no te dejaré llegar a tu casa", le dije entonces sin pensar, deseando que fuera esa, y no otra, la noche que abandonara mis sábanas por seguirlo a él...
"Si te beso así, es porque un día no quiero llegar... ¿Crees acaso que no tengo tantas ganas como tú?", me dijo al oído, dejándome sin habla y sin respiración.
Nunca, hasta entonces, el sonido de las palabras me había sorprendido tanto como esa noche; no sólo fueron las mías, saliendo naturalmente de algún sitio en el fondo de mi vientre; sino las suyas, que me llevaron al desierto, desde donde aún no vuelvo...
"Un día no llegaré, me secuestrarás y yo te ayudaré...", una frase que sigo escuchando aún, entre sueños...

octubre 16, 2009

Cinco sentidos: vista

"Hay mucha gente viéndonos", le dije cuando puso su mano sobre mi cadera y comenzó a jugar con el elástico de mi ropa interior.
Llevábamos todo el día jugando a seducirnos: mensajes tibios, palabras trazadas en la piel y un montón de miradas que hablaban por sí mismas; por eso no me sorprendió que me detuviera un segundo para decirme que le encantaría robarme en ese instante.
"Me encanta cuando te pones falda... luces sexy, cachondísima...".
"Cachondísima", pensé... Por primera vez en la vida, la palabra me quedaba exacta.
"Nos están viendo", le repetí cuando sentí sus dedos subir por mis muslos y supe que, si no se detenía, sería mi mirada la que nos delatara.
-No seas paranoica, nadie nos ve, todos están en lo suyo...
Sus dedos, tibios, suaves, subían y bajaban por mis piernas, dibujaban círculos, espirales ascendentes que me provocaban sensaciones encontradas y que, finalmente, terminaron por hacer que diera un paso atrás...
-No te vayas... no haré algo que no quieras...
-Que nos están viendo...
-¿Y? ¿A poco no disfrutas sabiendo que mientras yo te acaricio, todo el mundo hace un sacrificio por no voltear?
Tenía razón, lo disfrutaba. En un par de ocasiones había volteado a ver las caras de quienes nos rodeaban: tensas, llenas de nerviosismo, curiosas... y me había excitado aún más, de saber que aunque todos querían saber qué era lo que pasaba debajo de mi falda, nadie se atrevería siquiera a moverse.
Ahí estaba yo, que durante tanto tiempo había huido de sus manos, dejándome seducir por ellas frente a todo el mundo, arqueando la espalda por la cascada de sensaciones que tenía... apretando los ojos, con la cabeza echada hacia atrás, las uñas clavadas en su brazo izquierdo...
-Ya me voy, dije bajito mientras daba un paso hacia atrás para liberarme del deseo. Ya me voy, repetí...
Solté su mano y alisé mi falda, respiré profundo... giré.
Caminé hacia la salida como si hubiera ganado una batalla: con la frente en alto, las piernas apretadas, el cuerpo palpitante, el aliento vivo... Pude sentir cada una de sus miradas, como hierros calientes, grabándome la palabra "puta" sobre la espalda; el peso de sus ojos cayendo sobre mí cuerpo, la fuerza de sus palabras no dichas...
Y me sentí feliz.... feliz por saber que era a mí, a nadie más, a quien pertenecía mi cuerpo...
...
"Nos vieron", escribió más tarde. "Nos vieron, y me creció el deseo".

septiembre 26, 2009

Cinco sentidos: tacto

"Sólo te pido una cosa", le dije alguna vez a una calamidad naciente, "jamás me detengas las dos manos... me siento atrapada".
-Ajá, contestó aquel, mientras me sostenía las puntas de los dedos con los dientes.
Mi petición estaba bien fundada. Dice mi mamá, que hasta entonces había tenido una razón absoluta cada vez que hablaba de mí, que estaba segura de que si me cortaban las manos, me quedaba muda... y tenía motivos poderosos para decirlo (pero esa es otra historia).
La calamidad aquella me hizo caso por un tiempo, dejándome las manos libres y haciendo malabares para hacer un montón de cosas que se imaginaba...
Me detenía fuerte una mano, me tomaba por el cabello, me detenía la cara... bueno, todas las cosas que se imaginen... peeeeeeeeero, un día tuvo una idea genial y decidió dejar de respetar mi única petición en la vida...
Debo decir que se aprovechó de que yo me había bebido un par de tragos y de que andaba más caliente que de costumbre, pero el chiste es que en uno de esos arrebatos que uno tiene, la calamidad me sostuvo las manos por encima de mi cabeza y no me dejó volverlas a mover en muuuuucho rato...
Al principio, confieso que me sentí extrañísima, atrapada, incómoda.... que estaba, más que excitada, encabronada, porque el tipo no ubicaba que, mientras él me estaba deteniendo -bastante fuerte, por cierto- ambas manos, yo estaba al borde del colapso nervioso...
Luego de que me cansé de decirle en repetidas ocasiones -en todos los tonos posibles y haciendo toda clase de promesas- que me soltara, me resigné a que ese día se haría lo que él quería, y empecé a disfrutarlo...
Hasta ese momento, mi experiencia decía que debía ser capaz de tocar, ver y probar todo cuanto estuviera a mi alcance cada vez que me encontrara con una amante, pero ese día aprendí que en el sexo, como en la moda, a veces menos es más...
Al dejar mis manos fuera del juego, la calamidad aquella no sólo intensificó sus esfuerzos, sino que provocó un subidón en mis deseos y mis sensaciones... así pude saber que si tocan un punto en mi espalda, justo abajo de mi hombro, siento cosquillas en el dedo medio; que si me besan la última costilla, las rodillas se me doblan... y que dentro de mí hay un profundo deseo de que me aprisionen aún más fuerte...
Así, mi experiencia más táctil no tuvo jamás algo que ver con que yo tocara... pero sin duda recuerdo cada sensación.

septiembre 18, 2009

Cinco sentidos: gusto

Durante años pensé que ser una buena mujer consistía en tener valores, inteligencia, modales y un montón de cosas old fashion que me enseñaron desde niña...
Quería ser una buena esposa, una buena madre, una buena profesionista, una buena ciudadana...
El verano del año 2002 decidí que también sería buena amante.
Debo decir que en aquella época sabía muy poco de lo que eso quería decir; era casi virgen y seguía sintiendo vergüenza de casi todo lo que luego aprendería a hacer con soltura.
Con poca experiencia y un pudor casi ridículo, comencé el aprendizaje de la misma forma que había adquirido todo lo que sabía hasta el momento: con teoría.
Nada sabía yo de libros eróticos o de revistas, blogs o cualquier otra cosa que me pudiera ayudar. Le tenía miedo a hablar de mi sexualidad, incluso con mi amiga más cercana, y no compartía detalle alguno sobre lo que sucedía por ese entonces -sólo- en la habitación.
Con esas referencias, decidí que mi mejor opción para adquirir conocimientos en la materia era Cosmopolitan.
Por esa época, la revista publicaba 'La biblia sexual', una trilogía de artículos que explicaban paso a paso cómo hacer qué, y cuándo.
Yo, que siempre he sido buena siguiendo instrucciones, aprendí en tres meses de religiosa lectura, algo de lo que para muchas implica años y años de ensayo y error: dónde las caricias, cómo la boca, cuándo las manos, por qué la presión...
Así, sólo con teoría, aprendí a hacer un blow...
Cuando lo llevé a la práctica, supe que la piel de un amante es siempre la fruta más dulce, que cada instante amargo tiene su recompensa cuando descubres que desde el sitio privilegiado donde te encuentras puedes ver los ojos de quien amas... Supe que el sexo es agridulce, que besar de esa manera sabe a menta y chocolate, que la sal siempre libera, que la vida es divertida cuando le pones un poco de picante...
Nada después de esa vez fue lo mismo, pues aunque aún no me tomo la vida como tequila, descubrí que nada tiene un mejor sabor que el deseo...

septiembre 15, 2009

Cinco sentidos: olfato

Siempre he creído que la nariz no me funciona... soy de las que tienen que quedarse pegadas a los muestrarios de perfumes, para decidir cambiar de aroma; de las que jamás saben a qué huele un lugar o una persona, de las que se tienen que poner perfume cada dos horas para sentir que sigue oliendo rico...
Tengo un mal olfato.
Hay algunos que dicen que se lo debo a mi adicción a la nicotina, pero yo estoy segura que no es cierto: desde niña, muy niña, me ha sucedido lo mismo.
Con él siempre fue distinto...
Siempre me olió riquísimo, aunque no trajera loción...
Su aroma -entre madera y amizcle en invierno, entre arena fresca y hojas de menta en primavera- siempre me provocó cosquillas detrás de las rodillas y miel tibia entre las piernas...
Por meses, cuando recién apareció en mi vida, me fue difícil controlar el hormigueo y calmar el 'calambrito' en mi vientre... aun así, disfrutaba quedarme atrapada entre sus brazos, con la cara apretada a su pecho...
"Hueles a ámbar", me dijo un día que seguro no recuerda, dejando sonar el caracol que tiene en la garganta, mientras su aliento hacía volar mis cabellos...
Sí, me ponía caliente... aún ahora, cuando hay ya varios meses de distancia entre el día que corre y la última vez que lo vi, me sigue poniendo igual...
Mi relación con él, entre platónica y masoquista, siempre me puso la piel chinita...
"No, no podemos hacer el amor encima de la mesa", dijo alguna vez como respuesta a un amigo mutuo, como adivinando lo que yo hubiera querido hacer, como sabiendo que moría por estar con él...
Aquella ocasión, imaginé cómo oleríamos juntos... cómo sería la explosión, con su aroma y el mío mezclados, con su cuerpo en mi cuerpo, con la sal y la miel...
"Oleríamos rico", le dije años más tarde, creo que sin que siquiera alcanzara a entenderme.
"¿Qué?"... "Nada, oleríamos rico", le dije otra vez metida en su pecho...
Esa vez, como muchas más... como siempre, quizá, me quedé con las ganas...
Sí, el hombre de mis deseos sigue siendo el mismo... y su aroma (aun en el recuerdo) me sigue disparando los sentidos, aunque sepa que quizá nunca lo tenga en mi cama... aunque sé que quizá nunca sepa que antes de él, jamás había olido...

Prometí contarte...

Prometí contarte de mi cuerpo... prometí hacerlo la otra noche y nos perdimos en caricias...
Prometí contarte de mi mente, llena de nubes y deseos; de mis ojos y mi piel...
Prometí decirte mis secretos en cien idiomas, uno por cada calma que me has roto...
Prometí decirte, por ejemplo, que tu roce debajo de mi falda me hace débil, que tu lengua recorriéndome el cuello me convierte en agua...
Prometí decirte que ahí, más allá de donde llegan tus dedos, hay un sitio reservado a tus antojos...
Prometí contarte de mis caminos, quinientos andados y otros tantos desandados en la búsqueda...
Prometí hablarte, bajito, de mi voz; acurrucar mi corazón entre tus brazos y abrir mi pecho para contarte de maravillas y desgracias, de la miel y el frío...
Prometí contarte del manantial que fluye de mi vientre, de las libélulas que anidan en mi espalda, de los millones de seres que viven en mi mente...
Prometí contarte... contarte de mí cuando vives dentro, que es igual que hablar de ti cuando me tienes...
Prometí describir las curvas y los pliegues, hablarte al oído de mi cuello, de mi pelo derramado en tu almohada, de cada fibra y cada célula...
Pero soy mala cumpliendo promesas, como mala también para contar y para amar por adelanto... mala como tú para escuchar entre las sábanas y hablar entre suspiros...
Por eso, amor, mejor ven y conóceme por ti mismo, que yo haré lo mío al decirte que vas por buen camino...

septiembre 11, 2009

Recados para el dios de los stilettos

Soy de las que parecen fieles creyentes de Churchill: "El éxito en la vida consiste en ir de error en error, sin perder el entusiasmo".
Yo, que he ido y venido de error en error, empiezo a perder el entusiasmo...
Y es que estoy segurita de que los planetas están alineados en una casa que no me favorece, bajo el influjo de la luna o cualquier otra cosa, que impide que la sequía abandone la parcela de mi vida.
O sea, ¿cómo pretende el dios de los stilettos que yo escriba aventurillas de scouting, si me convierte en una virgen?
No, señor dios de los stilettos... devuélvame el entusiasmo...

septiembre 07, 2009

Adicciones...

Soy adicta al helado, casi tanto como a los zapatos o a los hombres inteligentes. Por eso, quizá, me da por desearlo a cualquier hora y bajo cualquier circunstancia.
Hoy quise helado, mientras el cielo se caía a pedazos y yo sostenía conversaciones civilizadas con gente que me hace sacar mi lado más incivilizado...

-Quiero un helado...
-Helado sobre ti, debe saber más rico...

No necesito decirles que quiero un helado... muchos helados... aunque haga frío y el cielo se caiga... al fin que sé que las noches frías y lluviosas le hacen desearme desnuda, a su lado...

agosto 26, 2009

Recuerdos de una muerte pequeña

Recuerdo perfecto la primera vez que lo sentí...
Fue una descarga eléctrica recorriéndome la espina dorsal, un rayo tibio quebrándome las piernas, un dulce calambre en la punta de mis pies... un minuto de asfixia y taquicardia que me hizo volver a la vida... un barril de miel derramada... una pequeña muerte.
Su llegada me tomó por sorpresa, como por sorpresa me tomará la muerte o el amor, que es casi lo mismo...
Y así, en un segundo, me hizo adicta... y quise sentirlo más y más veces... siempre, mientras me quede vida.
Recuerdo esa tarde, su cuerpo tibio, mis pies helados; recuerdo todo como si fuera ayer, como si el corazón no terminara de calmarse, como si la piel aún guardara su recuerdo.
Fue mi primer orgasmo, mi primer momento, mi primera vida.
Y sí, llegó casi por casualidad... sin intentarlo, sin saber.
En esa época, era yo muy inexperta, muy inocente, muuuuuuuuuy pendeja...
Sabía, deseaba, buscaba, mucho menos que hoy... pero fue lindo.
Creía que las cosas llegaban con magia, que la vida tenía una caja de música escondida, que abría cuando decidía irme a la cama con él; creía que había bruma fresca, aroma a lirios, luz filtrada...
Me levantaba de la cama envuelta en sábanas; me tragaba los gritos, los rasguños, las palabras... era yo tan joven, tan virgen, tan sencilla...
Luego todo fue distinto, aprendí a vivir en cada beso, a luchar por alcanzarlo, a correr hasta la cima... y nada volvió a ser lo mismo.
Me convertí en mujer, en animal nocturno, en lágrima dulce, en coleccionista... y busqué en cada piel, en cada boca, en cada daga, en cada mano, en cada cama, una pequeña muerte para llenar el vórtice de mi deseo, para saciar el hueco de mi vientre...
Lo recuerdo, lo recuerdo claro...
Cierro los ojos, vuelvo a arquear la espalda, a estirar los pies... y entonces, simplemente, quiero morir nuevamente...

agosto 24, 2009

Nací mujer

Hoy debo decirte todo, hacerte saber lo que tantas veces preguntaste, recordar esa noche para intentar explicarte lo que a veces ni yo misma entiendo.
Era tarde, hacía frío. Acabábamos de hacer el amor luego de una larga noche de fiesta, mi vestido verde todavía colgaba del brazo del sillón, mis piernas aún temblaban por la intensidad de la explosión. La casa era un sembradío de ropa y silencios, pero decidiste romperlo.

-¿Me amas?

-¿Qué pregunta es esa?, tú y yo no hablamos de amor, es el acuerdo.

-Esta vez hablaremos, ¿me amas?

-Esteban, por favor, no juegues con eso, ya hemos platicado.

-No estoy jugando María, sólo quiero saber si me amas.

-¿Amarte? Es muy difícil decirlo…

-¿Entonces por qué sigues durmiendo conmigo?

-No dormimos, cogemos.

-María, ¿qué palabra es esa?, responde ¿me amas?

-¿Acaso tú lo haces?

-Sí.

Era muy pequeña, yo no lo recuerdo, pero dicen los que estaban que cuando nací el médico dijo que era mujer, yo siempre he pensado que quiso decir que algún día sería mujer.

Siempre me dijeron que ser mujer era un castigo de Dios, que yo no debía sentirme orgullosa, sino al contrario, culpable porque todos los males de la humanidad eran culpa de “nosotras”. Me enseñaron a tenerle miedo y descontento, a creer que era un martirio, a cerrar las piernas cuando me sentara y no abrirlas hasta que me casara. Me enseñaron a decir siempre sí, a menos que ese sí tuviera que ver con mi sexo, en cuyo caso sería un no; me enseñaron a tenerle pena, a no conocer lo que llevaba ahí abajo, a arrastrarme por el suelo en busca de migajas, a suplicar la presencia aunque no fuera acompañada del amor. Durante años me educaron para ser de todo, menos una mujer.

Nací mujer treinta años después de que salí de mi madre. Sé que tardé mucho, pero así fue. Siempre me dijeron que era fea y tonta, que debía aprovechar la oportunidad de un marido porque no se me presentaría dos veces y que una vez casada tenía un compromiso con mis padres, que para eso me habían educado. Fue entonces que cuando me desperté luego del funeral me sentí abandonada en el desierto, como si me hubieran soltado una gran cuerda que me unía a “mi gran salvador”, como si en ese momento no quedara más que esperar a morir.

No nací mujer sino hasta que me encontré contigo dos años después de estrenar la viudez, cuando decidí que era hora de volver a empezar, cuando diste un salto a mi cama y te acepté gustosa de conocerme.

-¡No digas bobadas!, tú no me amas, sólo nos somos convenientes.

-Para ti son bobadas, pero yo te hablo en serio, te amo.

-No, eso no es cierto…

-Llevamos cuatro años juntos mujer, ¿esperabas que no me enamorara de ti?

-No vengas ahora con eso, tú y yo teníamos un acuerdo, la pasábamos bien, eso era todo. El amor nunca estuvo en el trato.

Cuando nací mujer descubrí que mi cuerpo era de seda y poseía un segundo corazón entre las piernas, un corazón que latía desesperado, que respiraba, que sudaba, que enloquecía hasta lanzar un grito que sólo yo escuchaba. Cuando nací mujer supe que mi pelo era caricia, que mi ombligo era una vez copa, que mis uñas eran agujas y mi vientre podía convertirse en circo.

Y descubrí que en realidad busco un dueño que me haga creer que le pertenezco aunque jamás deje de ser mía, uno que me apriete y me rechace cuando me convierta en su sombra, que no me permita ser más suya de lo que puede serle mi sexo.

-¿Trato?, no sabía que lo nuestro se trataba de un negocio, pero en ese caso, creo que te debo mucho más de lo que puedo pagar. Yo quiero tenerte para mí, despertar descansado en la mañana luego de no haber tenido que abrir los ojos para descubrir que ya no estás.

-Pero es que tú no entiendes, las cosas estaban claras, por lo menos para mí, aquí no había amor, sólo deseo, sólo había carne, sólo eso combinado con un poco de compañía.

-La que no entiende eres tú, es imposible que luego de este tiempo esperaras que yo no sintiera nada, ¿acaso crees que estoy vacío, que sólo soy un pedazo de piel erecta que se llena y se vacía con cada orgasmo?

Ese día supe que a base de respirar entrecortado, de marcar los territorios de tu espalda, de alborotar los dos rosales que tengo en el pecho podía por fin romper la barrera de ser niña. Sólo explorándome despacio nacería de nuevo, esta vez como algo mío, reluciente, húmedo, cambiante.

Cuando nací mujer supe que lo sería siempre, cada vez más aficionada a sentirme mía cuando otro se introdujera en mi inocencia desflorada, pues aunque me declaro adicta quiero que sepas que no necesitaba sentir la espada que llevas, sino el capullo que alojo.

No era adicta a ti, sino a mi cuerpo, a sentirme cuando estabas dentro. Sí, te necesitaba para descubrir el templo, para explorarlo y satisfacerlo, para invadirme y permitir que alcanzara la profundidad de mi existencia.

Te necesité, incluso creí que podíamos amarnos, pero luego pensé que tú también querías sentirte, apretarte contra mi sexo, tenerte dentro mío para aproximar la punta a tu vientre. Supe entonces que no éramos más que un par de amigos que jugaban a conquistarse, que se ayudaban a sentirse eternos, que compartían un cuerpo para describir el suyo con gemidos.

-¿Quién crees que soy, qué crees que soy?, ¿acaso no te he dicho mil veces que te quiero?

-Pero es muy diferente, yo también te quiero, como quiero a mi gato o como quiero a mis libros, como alguien que me hace descubrirme, que me ayuda…

-Entonces eso represento, bien… pues te hubieras acostado con tu gato, así no hubieras tenido que pasar por este momento tan desagradable.

-Deja de decir idioteces, durante años la pasamos bien, no sé por qué ahora tienes que venir a complicarlo todo confundiendo el amor con el deseo. Ya verás que dentro de un tiempo vas a preguntarte cómo es que pudiste creer que me amabas.

Supe entonces que dejaría de preocuparme por el amor y el pecado y seguiría besándote, que arrancaría tus labios para probar mis dientes e inundaría tus gritos con mi océano sólo para probar sus caudales, que usaría mis piernas para aprisionarte y arquearía mis pies para saber sus motivos, para conocer cada doblez, cada flexión hasta memorizar cada uno de ellos; que abriría mis ojos para verte, pues sólo viéndote sabría hasta dónde llegaban mis poderes.

No puedo decir que no deseaba sentir tu piel, que no anhelaba los encuentros, que me era indiferente tu cuerpo firme, tu fuerza al penetrarme, tu sonrisa venida desde lejos cuando dejabas correr el río de sal y semen luego del último suspiro. No, no me eras indiferente, pero me resultabas cada vez más ajeno, cada vez más dentro de esa delgada línea que puede para separarnos en el límite de nuestros deseos.

-Es una lástima que veas las cosas de esa manera, yo no creo, sé, siento que te amo, pero gracias por todo, quizá algún día seas tú la que se dé cuenta…

-¿Darme cuenta?, ¿de qué?, ¿de que te amo?

-Dime, ¿lo haces? No te quedes callada, maldita sea, lo menos que merezco es que digas algo…

Aprendí a mostrar los senos, a acariciar mi vientre cada vez que quería hacerte venir, aprendí a conocer a esta María que gime, que a veces llora cuando corre frenética hacia la cima, a esta que me fue negada durante años por considerarse sucia, impura. Sólo a través de tu cuerpo pude encontrarme abierta para recibir esa daga ardiente que llevas entre las piernas, sólo a través de sentir tu lengua enredada en mi garganta, tus dedos recorriendo mis botones secretos podía encontrar este silencio que a veces estalla en mi cuerpo haciéndome saber que dentro llevo un infierno.

Soy yo a quien pertenece el cuerpo que descubres en la cama luego de la tormenta de sábanas y besos, soy yo la que nace y vive cada vez que pertenezco al demonio del desierto; soy yo la que descubre en cada acometida un grito nuevo, la que disfruta cada pliegue de su cuerpo, la que afloja el cuerpo arrepentida por no pedir más, por haberme distraído.

-No me preguntes ahora si te amo, porque no, no te amo, sólo yo puedo amarme, en esta infinita perfección que son mis cavidades, hechas a la medida de tus deseos. No te amo, pero quédate. Si alguien se irá esa debo ser yo, pues sólo así podré saber qué se siente dejarte abandonado, deseando beberme hasta dejarme vacía, anhelando llenarme cada espacio con tu cuerpo.

-Entonces eso era lo único, probarte que eras capaz de esto… de jugar sin quemarte, de presentarte dos veces por semana en una cama para irte sin sentir culpa alguna. Lo lograste, me atrapaste, ¿quedaste satisfecha?

Diste la vuelta sin dejar que te explicara, sin permitirme que dijera lo que se me quedó en la garganta, lo que hubieras entendido, lo que te habría hecho esperar. Necesitaba decirte… que debía ser yo la que se fuera, pues sólo así podría ser yo la que regresara...

agosto 19, 2009

Problemas auditivos

Hace muchos, pero muchos años, en un reino muy muy lejano, mi sis tenía una amiga, experta en animalitos del Señor.
Resulta que la amiga en cuestión había pasado sus más dulces años envuelta en relaciones de esas que deberían ser reportes de National Geographic...
En alguna ocasión, la reportera antropológica tuvo un novio que tenía severos problemas de audición (y de orfandad), pues en más de una ocasión dejó de escuchar las necesidades de la reina, y acomodó las palabras a su antojo.
Ella, como es normal, acudía a sus amigas en busca de consuelo cada vez que el imbécil aquel le rompía el corazoncito con una de sus joyas...
"Es que no se preocupa por lo que quiero yo", les decía una y otra vez tras el relato del día; antes de que ellas le soltaran la letanía de "déjalo porque es un pendejoquenotemerece", que -obvio- ella nunca escuchaba.
Muchas, muchísimas veces, me ataqué de la risa con las historias -que llegaban a mí, ya fuera por la interfecta o vía mi sis-, que no sólo me hacían pensar que el tipillo era un animalito del Señor que no tenía remedio, sino que ella tenía muy, muy mala suerte...
Pero hubo una, una en especial, que me hizo convencerme de que el tipo era el animal más grande que había pisado la faz de la Tierra, y me llevó, no sólo unirme a la petición popular de que abortara la misión de tratar de civilizar a un Neanderthal, sino a jurar que un día reivindicaría a la pobre mujer.
La reportera antropológica era experta, así de ex-per-ta, en juguetear en el coche, por lo que -como casi todas las anteriores- la historia tuvo lugar ahí, en su coche...
Luego de varios días de no verse, la reina tuvo a bien salir con el Neanderthal para, luego de ir al cinito, ir a otro lugar más... ejem, ejem... íntimo...
En el trayecto, luego de ver una peli romanticona, preguntó con voz de gatito feliz: "Amor, ¿me quieres?".
Como se imaginarán, ella esperaba una respuesta del tipo de "claro, cielo, claro que te quiero", a lo que lanzaría otra pregunta: "¿cuánto?", y él podría responder algo como "mucho, cielo, muchíiiiiiisimo... de aquí a la Luna es poquito...".
Peeeeeeeeeeero... les dije que el tipito era huérfano y medio sordo, por lo que la respuesta estuvo bastante lejana de eso.
-Amor, ¿me quieres?
-Mmmmm... ¡que te lo metas en la boca!
(sonido de rewind rayado)
¡¿QUÉEEEEEEEEEEEEEE?!
Resulta que el rey adorado no escuchó la pregunta "¿me quieres?", sino "¿qué quieres?"... y, como iban a "ponerse más cómodos", le pareció una buena idea empezar en el camino...
Sobra decir que la pobre se quedó con la misma cara que están poniendo ustedes y que se soltó a llorar cuando lo contó.
"No se vale, no se vale", decía una y otra vez, "está bien que sea una caliente, pero se hubiera esperado...".
Obvio, luego de eso decidió no volver a verlo, pero la anécdota quedó entre nosotras como una de esas historias con moraleja que jamás podremos olvidar...
So, como yo soy una buena chica, la comparto con ustedes para que nunca, nunca, NUN-CA, traten de civilizar a un Neanderthal...