noviembre 09, 2009

@GOMISGOMIS, un #hombredecomediadeverdad

“A fin de cuentas, todo es un chiste”.
Charles Chaplin

Hay algo de magia en encontrarse en la risa de otros, en descubrirse en los momentos ajenos y esbozar una sonrisa. Para los simples mortales, reír de nosotros mismos resulta una aventura riesgosa, sin embargo, gracias a la existencia de personas como Héctor Suárez Gomís, lo que podría ser traumático se convierte en memorable.
Para él, un hombre de comedia que nació y creció en el centro del vórtice en el que confluyen la risa y el llanto, reír de sí se ha convertido en una forma de vida que ha ayudado a abrir las puertas de una nueva forma de hacer y disfrutar la comedia.
Héctor es un tipo franco, de sonrisa sencilla, abierta, clara; de esos con los que uno puede platicar por horas, sin sentir el paso del tiempo más que en el estómago, de tanta risa…
Lo conocí una noche de insomnio, cuando en Twitter se libraba una batalla por demostrar la importancia del Internet, en un país como el nuestro, con tanta necesidad de abrirse al mundo. Como muchos, escribió por horas las razones de #InternetNecesario… y es que él es un “adictísimo a la red”.
Desde ahí, Héctor ha abierto la puerta a un nuevo estilo de comedia, gracias a su blog y a las intervenciones twitteras, que inició hace apenas ocho semanas.
“Yo escribía desde muy chavo, por ahí de los 11… Luego, por mis veintes, comencé a escribir humor; se los ensañaba a dos, tres de mis amigos y se reían mucho, pero yo pensaba que eso era porque eran mis cuates. Hace un tiempo, una amiga me dijo: ‘Wey, tienes que publicar estas pendejadas, porque son muy divertidas’, y así nació el blog”.
Héctor recuerda que fue ella quien abrió la cuenta, quien transcribió sus textos y comenzó a difundir la existencia del espacio, que en ocho meses alcanzó 250 comentarios.
“Honestamente no creí que alguien se fuera a reír de mis historias”, dice, pero para su sorpresa, sus “ensayos humorísticos” tuvieron un excelente recibimiento entre la comunidad. Al poco tiempo de estar en línea, la revista Chilango le propuso albergar el blog en su servidor, para contar las aventuras de un chilango en Colombia, donde por entonces el trabajo lo llevó a residir.
“Así nació el nombre y el concepto de ‘El pelón en los tiempos del cólera’, jugando un poco con el título del libro de Gabriel García Márquez’”, con el que su fama creció.
A su regreso a México, su estilo humorístico, cargado de sarcasmo y de una profunda crítica a las formas establecidas, se había posicionado en el gusto de la gente, que comenzó a reírse de sí misma, al verse reflejada en otros. Entonces llegó Random House Mondadori (la editorial de la que no se cansa de explicar que, aunque tiene nombre de sucursal de comida china, no lo es), a proponerle la creación de un libro.
“Una tarde recibí una llamada. Era Wendy, mi editora: ‘Nos morimos de la risa con tu blog, y queremos hacer un libro que se parezca a él’. No lo podía creer, pero me lancé, y decidí cerrar el blog para dedicarme de lleno al proyecto”, que fue lanzado en octubre pasado en la Feria del Libro de Monterrey y que al día de hoy cuenta con más de 20 mil copias vendidas, una verdadera hazaña en un país en el que el promedio de lectura es de medio libro al año.
Ahora, Héctor planea una nueva aventura literaria para 2010. “De hecho, en el segundo libro tengo la idea de ocupar algunos de mis comentarios en Twitter”, red social donde su humor de 140 caracteres tiene cientos de seguidores.
“Es un ejercicio increíble, porque me obliga a ser creativo en un espacio reducido, tratando temas muy diversos; ahí puedo decir todo lo que tengo que decir, que es mucho. Un ejemplo son las noticias, que diariamente pongo con un toque de sarcasmo”, comenta antes de lanzar una risa estruendosa que recuerda a la que cientos soltamos cuando leímos, una noche antes, su comentario sátiro-informativo: “Científicos de la Universidad Nacional descubrieron la única especie de araña vegetariana… ¡Ah, caray!, yo pensé que era del dominio público que Pati Chapoy no come carne”.
Gracias a mensajes como éste, Héctor se posiciona en la red como un humorista innovador, aunque él se niega a aceptar su relevancia en la comedia: “es demasiado pretencioso decir que abro camino para la gente que viene haciendo este trabajo”, no obstante que su estilo ácido, y su método –el ‘stand up’– son innovadores en México.
“Hacer humor de este tipo es algo que aprendí luego de crecer viendo stand up, de leer mucho a humoristas ingleses, australianos, ‘gringos’, españoles, argentinos… Aquí en México no hay referentes, quizá el único podría ser Germán Dehesa, pero apenas…”, dice este hombre que duerme con La Biblia de la Comedia, de Judy Carter, al lado de su almohada.
En el stand up, donde la comedia escrita no se diferencia de la que se realiza sobre un escenario, pues está pensada para hacer reír sin importar cómo llegue al público, la realidad personal tiene un papel fundamental.
“Esto se trata de tomar arquetipos, de mostrarse, pero al mismo tiempo mostrar a todos. Cuando lees la columna, el libro, cuando ves el monólogo, dices: ‘ay, este cuate está hablando de él, pero de pronto también habla de mí’. Por ejemplo, la gente viene a ver ‘El Pelón’ –su espectáculo–, en el que hablo de la forma en que me educaron, y reaccionan porque dicen ‘es que habla de mi papá, o de mi mamá’, aunque esté hablando de los míos”.
El espectáculo, que recientemente terminó temporada en EL VICIO, y que actualmente se presenta en el Teatro de la Comedia y el Café 22 –su “nave nodriza”–, es uno de sus mayores motivos de orgullo.
“Soy generador de mi propio trabajo, además de que la forma en la que se le recibe me hace saber que, luego de todas las críticas, estoy en lo correcto; esto me da la razón, no a mí, sino a esta idea de hacer comedia”.
Y es que llegar hasta aquí no ha sido sencillo; antes de esto, Héctor debió recuperarse de algunos golpes. En un país que no acostumbra reírse de sí mismo o de su realidad, donde ser objeto de un chiste es tomado por muchos como una agresión, aventurarse a realizar comedia ácida fue un reto.
“Cuando hice ‘El Pelón de noche’, en TV Azteca, fui muy maltratado; fue la primera vez, en 30 años de carrera, que me despedazaron. Ahí pensé que era un imbécil, que estaba mal, que estaba equivocado en mi forma de hacer comedia… Lo único que me hizo regresar fue que toda mi vida he creído en mí. Si a mí me vibra que algo está chistoso, si mi instinto me dice que va a funcionar, entonces me voy por ahí, y le doy con todo”.
Así, gracias a esta profunda seguridad, fue que regresó con nuevos bríos, presentando el espectáculo que lleva siete meses en cartelera, y que satisface las necesidades de un público que creció viendo otro tipo de comedia.
“Cuando escribí el monólogo, pensé en lo que conecta a toda una generación: la forma en la que nos educaron. Lo terminé y se lo di a leer a mucha gente., a mi papá, a Héctor Bonilla, a gente que respeto y que ha hecho comedia por muchos años; se lo di también a gente de mi generación,
a gente más joven... Los más clásicos me dijeron que de plano estaba mal, que no iba a pegar, que era muy fuerte que anduviera diciendo que mi papá me agarró a cinturonazos, o que criticara las estructuras sociales, pero yo sabía que había público para esto”.
Así, Héctor se aferró a la idea de llevar al público su propuesta, y buscó a Jaime (----), dueño del Café 22, quien le brindó una oportunidad que aún hoy agradece…
“Oye wey, ¿conoces esto?”, dice mientras extiende el celular y regala una sonrisa. “Es el mensaje que me mandó Jaime –al otro lado de la habitación– cuando leyó el monólogo”.
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“Luego de esto, me dijo ‘no puedo darte el horario estelar, porque empiezo temporada con Rebecca Jones, pero ¿qué te parece si te abro espacio los sábados a las ocho?’. Yo le dije que no había bronca, que no iba a reclamar algo, iba a buscar espacios, a que me dieran chance… y así empezamos…
“A las dos, tres semanas, abrimos una segunda fecha los miércoles, y después tuvimos que hacer algo que nunca había pasado en el Café 22, abrir dos horarios el sábado. Créeme que ni yo me lo esperaba. A veces, cuando ensayaba, me decía a mí mismo: ‘mira wey, te presentas un par de veces y luego tiras la toalla, te regresas a hacer telenovelas, le dejas de hacer al menso’…”.
Ahora, Héctor sigue buscando la forma de contrarrestar la “crisis de atreverse a lo nuevo” que afecta a México. “Por eso vamos a hacer, en febrero, un festival de stand up en el café… Además, queremos abrir un espacio para tener una noche de micrófono abierto, para que la gente que no tiene chance de hacerlo, se de a conocer, ¡que me hagan competencia!”.
Por ahora, su principal satisfacción es ser testigo de cómo la gente empieza a aprender a burlarse de sí misma.
“Lo veo en todos lados y me da muchísimo gusto, porque eso quiere decir que aferrarme sirvió de algo, que funcionó, que no estaba equivocado… Y me siento un hombre afortunado, afortunado porque tengo la habilidad de escribir y hacer reír, y yo creo que quienes te hacen reír viven siempre en tu corazón”.
Por nuestra parte, quienes hemos reído a carcajadas gracias a @GOMISGOMIS, como se le conoce entre los twitteros, sabemos que así será, pues cada una de las risas que nos arranca, le han hecho merecedor de una categoría especial… Héctor, ‘el Pelón’, es un #hombredecomediadeverdad, y por eso se nos quedará siempre grabado en la memoria.

noviembre 06, 2009

Mapas y escaleras...

Cuando se trata de sexo, mis amigas y yo solemos tener una pregunta recurrente: ¿por qué el dios Eros, el Dios verdadero, la vida, la energía creadora, el polvo de estrellas o lo que sea, no les da a los hombres un mapa?
¿Que para qué queremos que tengan un mapa, si son bastante ubicados? Muy sencillo: las mujeres no somos como una ciudad.
Desde épocas inmemoriales, los varones conocieron calles, carreteras y avenidas como si trajeran integrado un GPS... Saben moverse en la metrópolis, hallan las calles que nunca antes habían visto, aunque les den treinta vueltas, casi siempre llegan a donde quieren; no, no, no, son U-BI-CA-DÍ-SI-MOS... cuando se trata de cientos (que digo cientos, miiiiiiiles) de kilómetros.
Sin embargo, queridos míos, son bastante desubicados cuando hablamos de algunos cuantos centímetros...
¿Qué?, ¿que a qué me refiero? ¡Pues al cuerpo!
No, no al suyo, ese lo conocen de memoria... Me refiero ¡al nuestro!
Resulta, gente bonita, que la mayoría de los hombres a los que he conocido (sea por experiencia personal o por los comentarios de mis amigas) difícilmente saben dónde está qué, para que a uno se le vayan los deseos a sitios inimaginables...
De todo lo que he escuchado, visto o sentido, hay dos sitios especiales para los que las mujeres quisiéramos proponer la existencia de un mapa: el clítoris y el punto G.
Sí, señoras y señores, hay quienes no tienen idea ¡¡¡dónde está el clítoris!!! Pero bueeeeeno... eso es más sencillito, por lo que los remitiré a un simple esquema, para que, quienes no lo conozcan, se sientan en confianza...
Pero ahora vamos a lo más complicado...
¡¿Dónde rayos está el punto G?!
Resulta, queridos míos, que a veces ni siquiera nosotras sabemos... en serio... entonces eso complica toda la búsqueda para ustedes. No obstante, hace un tiempo conocí a alguien que sabía exactamente dónde estaba eso que yo jamás había podido encontrar.
El descubrimiento sucedió una noche de luna llena, cuando no podía esperar nada más de la vida, pues había tenido una de esas superexperienciascasireligiosas que a uno lo dejan en estado zen perpetuo...
La calamidad en cuestión me había regalado varios momentos de suspiros ardientes, cuando decidió llevar su mano a territorios complicados para cualquier simple mortal... Él, que no es un simple mortal, encontró de inmediato el punto exacto, al que aplicó la presión exacta, con el movimiento exacto, para hacerme llegar a un momento exacto, en el que todas las exactitudes se convirtieron en orgasmo...
Debo reconocer que en un principio supuse que el roce había sido accidental, pero con el paso del tiempo me di cuenta que estaba equivocada: el hombre ¡SABÍA lo que hacía!
Cuando por fin se terminaron las batallas, hice la misma pregunta que alguna vez me hicieron y que tanto me molestó (I'm so sorry, pero debía saber...): "¿Dónde aprendiste eso?".
La calamidad aquella me contó una historia de psicólogas sexuales y educación teórica que me recordó bastante a la mía, y que me hizo sentirme realmente agradecida con los libros de texto... Para terminar, la calamidad en cuestión me dio un tip que ahora yo, con toda mi vocación altruista, les comparto:
-Mira, hermosa, esto es muy simple: encontrar el punto se trata de subir al segundo piso e ir directamente al fondo.
Reconozco que, al igual que algunos de ustedes, al principio me quedé con cara de what?, pero luego de la explicación de la frase, quedé más que satisfecha. La calamidad se volteó hacia mí y llevó su mano a mí, mientras hablaba: "hay dos niveles ahí dentro, el chiste es llegar al segundo, y dirigirse a lo más profundo... lo demás, es cuestión de práctica"...
Como pueden imaginar, aquella noche practiqué bastante, por aquello de que no se me olvidara lo bien aprendido, pero luego de un buen rato descubrí que los hombres no necesitan mapas, pues es suficiente con que sepan encontrar las escaleras...