marzo 15, 2012

Política del Sexo

A propósito de la veda electoral, Kate Millet y su 'Política del sexo'






Nadie discute que el sexo
es una categoría en el mundo de la pareja:
de ahí la ternura y sus ramas salvajes.
Nadie discute que el sexo
es una categoría familiar:
de ahí los hijos,
las noches en común
y los días divididos
(él, buscando el pan en la calle,
en las oficinas o en las fábricas;
ella, en la retaguardia de los oficios domésticos,
en la estrategia y la táctica de la cocina
que permitan sobrevivir en la batalla común
siquiera hasta el fin de mes).
Nadie discute que el sexo
es una categoría económica:
basta mencionar la prostitución,
las modas,
las secciones de los diarios que sólo son para ella
o sólo son para él.
Donde empiezan los líos
es a partir de que una mujer dice
que el sexo es una categoría política.
Porque cuando una mujer dice
que el sexo es un categoría política
puede comenzar a dejar de ser mujer en sí
para convertirse en mujer para sí,
constituir a la mujer en mujer
a partir de su humanidad
y no de su sexo,
saber que el desodorante mágico con sabor a limón
es fabricado por la misma empresa que fabrica el napalm
saber que las labores propias del hogar
son las labores propias de la clase social a que pertenece ese hogar,
que la diferencia de sexos
brilla mucho mejor en la profunda noche amorosa
cuando se conocen todos esos secretos
que nos mantenían enmascarados y ajenos.

marzo 09, 2012

Mariposas amarillas, dice Gabo...

"Hoy se me ha pegado la gana pensar en él y recordar las mariposas", me dijo N tomándome por sorpresa.
¿Las mariposas?, pregunté. "Sí, las chingadas mariposas que se sienten en las rodillas cuando te traen de un ala y te comen las ganas", me dijo, llevándome a ese sitio del pasado que tanto me cuesta ya recordar...
Las mariposas, que ella dice sentir en las rodillas y que muchos aseguran que se posan en la panza, yo siempre las sentí en la mitad de la espalda y me hicieron cometer estupideces mayúsculas pero memorables, de modo que cuando N las mencionó, captó mi atención de inmediato.
"Tú sabes bien cómo resultó aquello, pero es que últimamente es imposible no pensar en todas esas cosas que ni siquiera probamos y que me dejaron temblando de deseo", me dijo.
Hace unos días, la misma N me había confesado que la rutina la había atrapado y que extrañaba ese tiempo en que todo era tan sencillo como cambiar de cama y de bragas, y que le hacía falta un poco de "movimiento" a su "muy encharcada vida".
"Es que ya estoy hasta la madre de tanta pinche calma", me dijo mientras revolvía el café; "yo no puedo seguir así, nomás deseando y con las ganas bien puestas para mandarle un mensaje suplicando que sea mi amante".
La relación entre N y su calamidad había sido una montaña rusa, una serie de apasionados encuentros combinados con fieros arrebatos, un 'te amo-te odio-te deseo' que los mantenía al borde de la silla y los amarraba al otro de una manera casi envidiable. Yo, que me creía experta en relaciones tormentosas, veía con expectación cada capítulo de esta novela de encuentros y desencuentros, fascinada por la intensidad con que se ¿querían?, ¿deseaban?, ¿pertenecían?
Cuando todo se terminó, luego de un centenar de intentos por ambas partes para dejarse ir, yo recibí a una chiquilla moquienta y maldecidora que juraba que jamás nunca en la vida volvería a pensar en él y sus "pinches mariposas", que tantas molestias le habían causado.
Ambas supimos, por supuesto, que mentía.
Fue por eso que cuando llegó a contarme de las 'chingadas mariposas' y me dijo que estaba resuelta a pensar en él, pronostiqué que más tarde o más temprano llegará a decirme que había hecho caso de García Márquez y había decidido ser infiel, pero jamás desleal.
Y es que en su código ético el Gabo tiene preferencia, así que no puedo hacer nada más que recordar mis propias mariposas y sentarme a esperar el momento en que sus historias me hagan volver a ese tiempo de sonrisas inexplicables y pensamientos prohibidos.
Espero, entonces, de pie a causa de las mariposas de mi espalda, sabedora que no tardará mucho en ellegar ese momento...