diciembre 10, 2010

Tentación

A veces, las viejas notas se convierten en una tentación constante... No sé si tenga qué ver con los fragmentos de poemas que uno se puede enviar por sms o en el hecho de jamás haber besado una boca, pero el hecho es que a veces uno anda añorando brazos ajenos...
Así, justito, le pasó a E, que un día, sin más, amaneció con ganas de haber despertado cada mañana haciendo el amor con el sol y los besos de aquel recorriéndole las caderas. No, no es que su vida no le satisficiera, es que ella era como yo fui en algún tiempo: adicta a las emociones fuertes, a la adrenalina y a los "quizás" y los "hubiera"...
Ese día, E se sentó frente a su computadora y escribió un mail honesto, sinerísimo, en el que le contaba a aquel que, de vez en cuando, pensaba en él y se ponía a llorar; que a veces, cuando el sol se filtraba por su persiana, se recorría el cuerpo con un dedo y susurraba su nombre; le decía de su tristeza por las noches, y lo mucho que extrañaba escribir a su lado, aunque sólo una vez, cuando se despidieron, hubieran estado frente a frente... Al terminar, E se secó una lágrima y dio clic en "enviar".
"Me van a zumbar los oídos, de tanta pinche maldición que me va a aventar cuando vea mi nombre", se dijo bajito antes de salir de la habitación.
Como siempre, cada vez que lo pensaba, se secó los ojos, respiró profundo, carraspeó tres veces y se arregló el vestido... continuó con su vida. Era la primera vez que E se atrevía a ser tan honesta consigo misma en un texto que, a decir verdad, esperaba que aquel mandara directito al spam.
Horas más tarde,  reconoció ante sí cuanto deseaba que aquel contestara, aunque fuera una invitación a borrarse de su vida, y revisó el correo. "Pienso en ti siempre", leyó, y los ojos se le llenaron de lágrimas por lo que nunca fue...

agosto 16, 2010

Arbolitos navideños

Sí, ya sé que apenas estamos en agosto... y no, no se me pegó la maña de los supermercados, de adelantar la navidad, ¡no!, pero sí, quiero hablarles de los árbolitos esos.
Y es que, queridos míos, es en ellos donde las mujeres demostramos nuestro superpoder como decoradoras.
Cada "temporada navideña", es decir, cada vez que una chica se ilusiona con alguien, sale al mundo a buscar adornitos para su calamidad. Así, le va poniendo cualidades -existentes o no, exageradas o no- al arbolito en turno: lucecitas multicolor de inteligencia y hermosura, escarcha brillante de buenos modales, adornito de ternura, esferita de caballerosidad y una larga lista que hace lucir ridículo al árbol monumental de Times Square.
Recientemente, una muy buena amiga de la media toronja y mía, me relató lo maravilloso que resultaba una calamidad extranjera que le andaba robando el sueño desde hace unos meses: "es que es increíble, nunca alguien me había hecho sentir esto...", me dijo ilusionada.
La calamidad en cuestión conquistó a A desde el otro lado del continente, gracias a su delicadeza, caballerosidad e innumerables detalles, mismos que ella -quizá sin querer- convirtió en una caja enorme de adornitos navideños que, durante meses, fue acomodando hasta hacer del arbolito una verdadera obra de arte.
No obstente el entusiasmo inicial, la calamidad extranjera no resultó ser todo lo maravillosa que creímos, y pronto empezó a tirarse los adornitos: de una sacudida posesiva se tiró las esferitas, con un jalón soberbio se arrancó las lucecitas, y así siguió, hasta darle en toditita la torre a la obra de arte de mi amiga.
"Es una lástima", le dije a la media toronja cuando el arbolito se tambaleaba peligrosamente y ella se encontraba al borde del llanto. "Pues sí", me contestó él, pensando que yo me refería al fracaso del romance, "hacían buena pareja, pero él la regó".
Yo, que adorné mil arbolitos como ella, supe que el problema no había sido que la calamidad extranjera hubiera resultado ser un bruto, sino que ¡una se pasa de entusiasta!
Y es que resulta, gente bonita, que para las mujeres resulta complicado no emocionase al ver un armazón dispuesto a ser adornado a nuestro gusto. Lamentablemente, algunas veces no nos damos cuenta de que, las más de las veces, nuestro arbolito no es más que una pieza artificial, sin la capacidad de responder emocionalmente a las necesidades de una mujer.
"Es un pinche arbolito de navidad, caray", me recordó la masoquita pequeñita que vive en mi cabeza, "un-pin-che-ar-bo-li-to. No le pueden pedir que se comporte como el príncipe azul que todo el mundo imaginó, porque fueron ustedes los que le pusieron adornitos. Él estaba tranquilito siendo lo que es, y ustedes se empeñaron en hacerlo parecer otra cosa"...
Y entonces sí, gente bonita, me di cuenta de que aquí, como en el dicho del indio-compadre, la culpa no la tuvo él, sino la decoradora (y sus co-workers)...