septiembre 27, 2012

Por favor, cuídate en Madrid...

Llevaba varios días pensando en él, planeando un 'encuentro casual', haciéndose ideas en la cabeza sobre cómo hubiera sido si hubiera ido corriendo hacia él y no en sentido contrario...
Yo sabía de sus pensamientos, lo sabía porque la conozco de siempre y porque sé reconocer esa mirada puesta en los más allás, pero E lo negaba todo: "que estás pendeja, te digo, que yo ni lo pienso, ni lo quiero, ni me importa", me dijo por fin anoche, justo antes de echarse a llorar quedito y mandarme al racho que un político tabasqueño tiene por algún lado.
Como cada vez que habla de él, E amaneció con los ojos puestos en un lugar lejano y decidida a mostrarse a sí misma que no mentía: se arregló el cabello y las uñas, se puso su mejor par de stilettos y salió a conquistar su mundo.
A media mañana decidió que era un buen momento para dejar de fingir y le escribió una vez más para decirle que se preguntaba si algún día él volvería a mirarla por encima de las letras; le preguntó por su salud, por las migrañas y la presión, por los sueños que compartían, por su estancia en Madrid, que -yo lo sé bien-, la tenía con el alma en un hilo; por el sol que entraba por su ventana y por los besos que nunca le dio... Sin esperanzas de respuesta, E dio enviar y se limpió los ojos.
"Escribirle a él es como vaciarme, como evitar que la mejor parte de mí se muera, como si en cada palabra se me fuera lo malo y regresara lo bueno que tuve con él", me escribió por WhatsApp hace unos minutos, después de un chillante 'SOY UNA PENDEJA' -enviado así, con mayúsculas y sin explicaciones.
En toda su vida, E ha saltado siempre de lo que quiere, lo que la hace feliz, a 'lo que es correcto', por eso cuando salió huyendo de él, uno de los pocos hombres que la emocionaron hasta las lágrimas y el que más la ha hecho cuestionarse acerca de lo que quiere, no me pareció raro (triste, sí, pero no raro).  En aquel entonces, intenté sin éxito ayudarla a enfrentar sus miedos, le dije que eran esos hombres con los que uno se debería quedar, porque de qué se trata la vida, si no de seguir vibrando, de sentirse temblar de emoción, de estar al borde del abismo.
- Es que si pudiera regresar el tiempo, me dijo
- Pero no puedes...
-Si tan solo pudiera, si él me escuchara... si supiera que cada día me arrepiento por no haber elegido mi vida con él, por haber tenido tanto miedo, por no haber tenido el mismo corazón, por no haberme largado a NY cuando me lo pidió, por no haber esperado, por no...
-Ya no te atormentes, de nada sirve, porque no fue, porque nunca será... le dije mordiéndome los labios por mis propias historias inconclusas, por mis recelos, por mis miedos... Nunca será, repetí bajito, también para mí, mientras le enjugué la lágrima que le escurrió por la mejilla.
Hoy, ni ella ni yo tenemos esperanzas de que responda, pero nos gustaría saber -sí, a ambas-, que en algún momento leyó ese e-mail y suspiró...